domingo, 19 de noviembre de 2017

LIGA DE LA JUSTICIA: DC otra vez a paso cambiado

Antes de acudir a ver Liga de la Justicia tenía miedo de que al enfrentarme a su valoración cayese en el error de sufrir de cierto ventajismo al tratar de comparar (de manera inconsciente) el trabajo de Zack Snyder y el de Joss Whedon (que no aparece acreditado como director). Ciertamente, sus tics a la hora de dirigir son casi opuestos, evidenciado el primer gran error de Warner al optar por la solución de emergencia de Whedon para suplir la ausencia forzada de Snyder con la película casi terminada, pero esto no llega a repercutir en el resultado final del film, ni en un aspecto positivo ni negativo, ya que la irregularidad del mismo conviene atribuírsela a ambos por igual.
No quiero parecer un hater y empezar a dar palos desde el primer párrafo a una película que, como espectáculo de entretenimiento, funciona correctamente, pero si de lo que se trataba era de culminar el paso en la buena dirección que se suponía había dado el DCEU con Wonder Woman habría que considerarla un completo fracaso.
El gran pecado de Liga de la Justicia es que demuestra desde el arranque de su producción que está concebida sobre una capa de miedo ante los discretos resultados de sus dos primeras películas y los varapalos críticos recibidos. No es que la taquilla fuese desastrosa, ni mucho menos, pero ochocientos millones en una película que juntaba a los dos buques insignias de la compañía me resulta del todo insuficiente. Y ya veremos que pasa con esta Liga de la Justicia que, según estimaciones, necesita rozar los mil millones para no ser un fracaso comercial y cuyo arranque en Estados Unidos ha estado por debajo de, por ejemplo, Thor Ragnarok.
Decía que el gran problema de Liga de la Justicia es el miedo. Miedo a volver a patinar, a que Marvel vuelva a pasarle la mano por la cara (Wonder Woman parecía la panacea del éxito, pero a nivel mundial ha terminado siendo superada por Spiderman Homecoming y Guardianes de la Galaxia Vol. 2 y aún está por ver si Thor Ragnarok se la terminará por merendar también) y a decepcionar una vez más a muchos fans. Y para tratar de evitarlo, en Warner han hecho lo peor que podían hacer: traicionarse a sí mismos y tratar de copiar, demasiado a la desesperada, a las producciones Marvel que antes tanto criticaban, escena postcréditos de chiste incluida. Cierto es que soy el primero que ha criticado en múltiples ocasiones el exceso de transcendentalismo y amargura de personajes como Superman, pero transformarlo de golpe y renunciar a su pasado cinematográfico es tan doloroso como ver a Batman (este sí es un ser oscuro y amargado) soltando gracietas. Me irrita por momentos el descontrol bufonesco de Flash o la apariencia de chuloplaya de Aquaman, pero al menos estos eran lienzos en blanco a los que dibujarlos como les diese la gana.
Lo que más define a Liga de la Justicia es su simpleza. Es una película de acción de manual, que funciona porque hay gente con talento a los mandos, pero que no consigue emocionar en ningún momento. Nadie (excepto esos fans radicales a los que les cuesta tanto ser objetivos) puede decir que sea una mala película, pero tampoco nadie (excepto esos fans radicales del extremo opuesto) puede decir tampoco que sea una gran película. El hombre de Acero y Batman V. Superman: el amanecer de la Justicia tenía una gran colección de errores casi imperdonables, pero también momentos de absoluta maestría. Lo que más decepcionaba de ellas era que fracasaban a la vez que dejaban entrever lo maravillosas que hubieran podido llegar a ser solo con haber cuidado bastante más el apartado de guion, aunque dejan momentos realmente memorables, como el rescate de marta Kent por parte de Batman, pero esto no es algo que se repita en Liga de la Justicia. Quitando un prólogo musical que pretende demostrarnos que Superman era algo (un símbolo de luz y esperanza) que no se percibía en esas películas, nada más en las dos horas de metraje demuestran nada de personalidad. Liga de la Justicia es una película sin identidad, una colección de escenas de acción (solo algún momento con las Amazonas tiene algo de auténtica espectacularidad) empapada de chistes sin demasiada gracia y con unos retoques digitales (los famosos reshoots) verdaderamente horribles. Una vez más, los numerosos problemas de producciçon quedan relejados en pantalla, y los (de nuevo) rumores de que Ben Affleck no va a seguir ligado a la franquicia tampoco van a ayudar a la campaña de promoción.
Como siempre, es injusto comparar dos películas para valorar mejor o peor una, pero nadie duda que Liga de la Justicia supone la equivalencia de DC a Los Vengadores de Marvel, y en Warner han sido los primeros que han querido compararlas con ese cambio de rumbo hacia el humor que le habría ido muy bien a Escuadrón Suicida (que oportunidad perdida de hacer una gamberrada a la altura de Deadpool) y que ya era una verdadera declaración de intenciones en Wonder Woman.
La historia es lo de menos: un villano superpoderoso que pretende destruir el mundo porque él lo vale y el grupito que se debe unir para hacer frente a la amenaza. Podría parecer que cada uno tiene su momento de gloria, su minutito de protagonismo que tan bien logro medir Whedon en Los Vengadores (solo Ojo de Halcón quedaba algo desdibujado, cosa que trató de compensar en La era de Ultron), pero si nos atenemos a su condición de superhéroes, la cosa se queda demasiado coja. Porque al final, de la Liga de la Justicia que nos presentaban en los trailers, solo Wonder Woman está a la altura, aunque abusa demasiado de repetir posturitas y mostrar esa mirada y esa medio sonrisa que tan bien luce Gal Gadot (comentario aparte merecería la manera de encuadrarla de Snyder en comparación a la de Jenkins, mucho más generoso en carnes en esta ocasión). Como sucediera en el enfrentamiento climático contra Doomsday en Batman V Superman, el murciélago, verdadero motor de la historia, se ve en toda la película claramente superado, limitándose a pegar saltitos y hacer poses chulas. Parece un Batman borracho, dicen por ahí. Casi los recién llegados, de los que esperaba poco o nada, son los que más destacan, aunque tampoco mucho. La acción está siempre alejada del mar, con lo que la presencia de Aquaman es algo ridícula y nadie parece tener todavía muy claro de que van los poderes de Cyborg, aunque al menos tiene su papel importante en determinado momento. Flash, como ya he comentado, es el recurso cómico, y él mismo se define señalando que “lo único que hace es correr mucho y empujar a la gente”. Además, es ya el tercer velocista que vemos en el cine de superhéroes y no solo no está ni de lejos a la altura de las dos espectaculares escenas de Mercurio ideadas por Bryan Singer en X-Men: Días del Futuro Pasado y X-Men: Apocalipsis, sino que también se queda corto al lado del Pietro de Los Vengadores: La era de Ultron. Su principal handycap es que para lucir su gran velocidad es necesario que todo lo demás se ralentice, y con el abuso de la cámara lenta que tanto le gusta a Snyder en sus escenas de acción eso ya no queda para nada espectacular.
Y de nuevo, la gran lacra de las películas de superhéroes (y de acción en general) contemporáneas: el villano. Este Steppenwolf es un villano al uso, un superser rodeado de masillas que bien podría haber escapado de Asgard y que no aporta nada que no mostrara ya el propio Ares de Wonder Woman o el tal Incubus de Escuadrón Suicida. Un villano sin carisma que parece muy poderoso en unas ocasiones y termina siendo vencido con relativa facilidad. Además, para completar la cuadratura del círculo, su gran arma se basa en un cubo de poder que, si bien es cierto que en los cómics está presente desde los años setenta, en cine recuerda demasiado al Teseractor marvelita.
¿Donde está lo mejor de la película? Pues sin duda en el regreso de un personaje que nunca debió irse (tampoco es que estuviera mucho fuera) pero, por más que todo el mundo sepa de quién hablo y de por hecho su participación nen esta película, el momento de dicho retorno ha sido objeto de apuestas entre los aficionados, por lo que dejaré de lado comentar su participación en el film por aquello de evitar spoilers.
En el apartado musical, Danny Elfman está correcto, pero muy alejado de sus mejores tiempos. De hecho, la inclusión del tema que él mismo creara para el Batman de Tim Burton así como cierta conversación entre Alfred y Wayne sobre pingüinos explosivos hacen que nos preguntemos si, descartado el Batman interpretado por Christian Bale, el de Michael Keaton podría estar en continuidad con el actual. Lo más probable, conociendo la planificación de Warner, es que no, que ni siquiera podamos estar seguros de que la cercana película de The Batman de Matt Reeves esté en continuidad. A estas alturas, ni ellos mismos lo deben saber.
En fin, que para avanzar en su Universo propio, en DC reniegan de buena parte del trabajo hecho hasta la fecha y tratan de imitar a Marvel con la esperanza de aunar críticas y taquilla, pero aun consiguiendo una de las películas más divertidas de su franquicia, lo hace copiando más defectos que aciertos de la Casa de las Ideas. Como sucediese con Batman V. Superman, la que debería ser (por importancia de personajes) el gran evento de DC termina muy deslucido, siendo incluso inferior a esa Wonder Woman que, sin ser tan brillante como se podría suponer, al menos tenía algunas ideas frescas que daban pie a la esperanza.
Lo peor, me temo, es que viendo esta película no me ha entrado ninguna gana de ver las aventuras en solitario de Aquaman ni Flash, me deja muchas dudas sobre ese The Batman y quien sale más reforzado (Wonder Woman aparte) es ese Superman cuya secuela de El hombre de acero sigue sin estar en las agendas.
Valoración: Seis sobre diez.

lunes, 13 de noviembre de 2017

ORO, en busca de El Dorado

Dejando de lado Solo quiero caminar, que pasó bastante desapercibida por las pantallas, Agustín Díaz Yanes es siempre recordado por la irregular Alatriste. Ahora, once años después, vuelve a contar con la colaboración de Arturo Pérez-Reverte en una extraña maniobra con la que se adapta una historia inédita para la que el propio escritor firma también el guion.
Con un despliegue algo menos ambicioso que Alatriste pero una mejor factura técnica, Oro es la epopeya de unos conquistadores españoles en busca de una ciudad de Las Indias que se supone estaba hecha toda de oro, desde las paredes de las casas hasta los propios tejados. Estamos, por tanto, ante una aventura con tintes bélicos, una historia de supervivencia en la selva amazónica que no es, en el fondo, más que una mera excusa para hablar sobre la crueldad y la mezquindad de la condición humana, de cómo la codicia y el temor puede llevar a alguien a cometer actos de villanía. Aún con restos de honor entre algunos de los protagonistas, la película está plagada de decisiones traicioneras, enfrentamientos por amor (o lujuria) y menosprecio a la vida humana, ya sea la propia, la del hombre blanco o la del indígena. Es, pues, Oro, una fábula sucia y cruel, donde, como si quisiera hacer paralelismos con la sociedad actual, incluso las disputas por os nacionalismos regionales tienen cabida en la trama.
Para ello, Agustín Díaz Yanes se ha rodeado de lo mejorcito en actores de nuestro país, con nombres de la talla de Raúl Arévalo, Óscar Jaenada, José Coronado, Juan José Ballesta, Luis Callejo, Antonio Dechent o Anna Castillo, además de la breve pero intensa aparición de Juan Diego. Es curioso, sin embargo, que en una historia tan masculina y viril quien consiga sobresalir la maravillosa Bárbara Lennie. Recuerdo como tras el estreno de El niño muchos protestaban por lo poco que se prodigaba esta estupenda actriz (ese mismo año deslumbró a todos con Magical Girl), y ahora que empieza a ser más frecuente verla nos encontramos con esos productos de vergüenza ajena como la ridícula serie de El Incidente. Con Oro, Lennie consigue regresar al buen camino.
No estamos ante una película redonda. Quizá Díaz Yanes y Pérez-Reverte, en su afán por ser fieles a la realidad histórica, olvidaron dar algo más de profundidad a sus protagonistas, mientras que la propia trama es demasiado lineal, excesivamente plana. Los soldados van de un punto A a un punto B, enfrentándose a los obstáculos del camino y punto. No hay ningún giro, ningún recoveco del camino que logre sorprender demasiado y ninguno de los protagonistas, más allá de las nobles u oscuras intenciones que puedan tener, tiene un pasado que nos perita simpatizar demasiado con ellos.
Con todo, el buen trabajo de los artistas, la firme dirección de Díaz Yanes y el empaque técnico que logra que todo se vea con un realismo impecable, hacen de la película una propuesta muy interesante y totalmente recomendable.

Valoración: siete sobre diez.

sábado, 11 de noviembre de 2017

LA BATALLA DE LOS SEXOS, la dignidad en juego

Jonathan Dayton y Valerie Faris abandonan momentáneamente el cine más independiente para abordar la historia real del duelo tenístico entre Billie Jean King y Bobby Riggs en 1973 en una película bastante convencional y más amoldada a los estándares del Hollywood más conservador.
La batalla de los sexos narra los días previos al gran partido, cuando Billie Juean era la número uno del tenis femenino y estaba más preocupada en su cruzada por la igualdad de la mujer en el deporte que en su próximo partido. Por aquel entonces Bobby tenía ya 55 años y aunque había sido también una figura importante de la raqueta ahora se tenía que conformar con vivir de su adinerada esposa, ganarse unos dinerillos con ridículas exhibiciones donde destacaba su espíritu payaso y fingir que trataba de controlar su problema de ludopatía. En aquella época una tenista femenina, aun llenando las pistas igual que un hombre, ganaba una octava parte en premios que ellos, por lo que Billie jean decide retar a la federación y crear, con el apoyo de otras tenistas, su propia competición con premios más acordes a sus méritos. En este mar revuelto, Bobby ve la gran oportunidad para volver a los candeleros y desafía a cualquier mujer a un partido donde demostrar qué sexo es más fuerte.
Filmada en tono de comedia ligera, la película aprovecha este enfrentamiento entre un machista declarado cuyos mejores años quedaron en el pasado y una feminista en la cresta de la ola para hacer un retrato de la época en el que hablar no solo de la igualdad de sexos, sino también de la identidad sexual y el derecho al respeto.
Hay que reconocer que quizá Dayton y Faris pecan un poco de “buenismo” y edulcoran demasiado una historia donde todo el mundo termina cayendo bien, sin que ni siquiera el excesivo y machista Riggs resulte molesto ni haya daños morales alrededor de cierto triángulo amoroso que acompaña a la historia principal. Con todo, la película resulta altamente eficaz por ese humor ácido que permite que seamos aleccionados de una manera amena e incluso divertida sobre tan importante debate. Además, han sabido ser fieles a su estilo e incluso el duelo final, en vibrante partido de tenis, se muestra desde la distancia, sin lucimientos de cámara que finjan una falsa épica y haga que la dirección priorice sobre la interpretación.
Y así legamos al verdadero punto fuerte del film. La interpretación. Emma Stone y Steve Carrell están soberbios. No es que sea nada fuera de lo normal, ya que ambos han demostrado en diversas ocasiones su gran solvencia, pero en este film ambos parecen en estado de gracia y son los grandes valedores de la historia, los que la manejan a su antojo y permiten que seamos capaces de comprender a unos personajes que en cualquier otro caso podrían resultar hasta odiosos. Stone y Carrell lo dan todo y la película sabe rodearlos de tal modo que no sería de extrañar que alguno de ellos (sino los dos) estuviese presente en la próxima ceremonia de los Oscars.

Valoración: Siete sobre diez.

THE CRUCIFIXION, una bella estampa para una rutinaria película

Rodada antes de La piel fría, The Crucifixion supone el retorno definitivo de Xavier Gens al cine de terror después de aquella fallida Hitman. Para ello se basa, ¿cómo no?, en una historia real sobre posesiones demoníacas y exorcismos varios.
Para no perder la costumbre, el protagonismo cae en alguien escéptico que, a fuerza de darse sustos que solo consiguen transmitirse al espectador mediante las obligadas subidas de volumen, termina creyendo. Este es solo el primero de los muchos tópicos de una película que da la sensación de haberse visto ya mil veces.
Con todo, Gens hace un buen trabajo artístico, y la película está impecablemente filmada. No puedo ponerle ningún, pero al aspecto técnico de la misma, ni me llega a molestar lo suficiente el trabajo de Sophie Cookson (aunque me gustó más como secundaria en Kingsman y su secuela), protagonista absoluta de la trama. El problema está en la imposibilidad de creerse nada de lo que sucede en pantalla.
No voy a entrar a valorar aquí la veracidad de los hechos expuestos, eso queda para un debate sobre teología/satanismo que no corresponde a este blog. El problema no lo tengo con los “demonios” que puedan pulular por ahí. Lo que no me llego a creer en ningún momento es a los protagonistas vivos, a esa joven periodista que se cuela por donde le da la gana cual Lois Lane de baratillo, a ese cura “modernete y molón”, a esa familia reservada y arisca que de golpe parecen los mejores amigos de la prota…
Nada de lo que sucede en la película corresponde a una coherencia narrativa que pueda llegar a transmitir algo al espectador, por lo que el resultado final, a habidas cuentas de que no se trata de ninguna propuesta novedosa, termina por aburrir. Podría ser, incluso, que, en la primera parte de la película, donde los sustos brillan por su ausencia, un par de diálogos alrededor de la fe y la iglesia resulten más interesantes que la propia sobre la investigación tras un exorcismo, algo que se hacía de manera mucho más interesante, por ejemplo, en El exorcismo de Emily Rose.
Personajes ridículos y torpes siempre en función de la historia en un film donde lo mejor resultan los magníficos paisajes de Rumanía y sus míticos monasterios. Los sustos, al final, son lo de menos.

Valoración: Cuatro sobre diez.

domingo, 5 de noviembre de 2017

AMERICAN ASSASSIN, vengador antiterrorista.

American assasin se sitúa en el centro de una fructífera serie de novelas de intriga política del escritor Vince Flynn con Mitch Rapp como protagonista. Aunque la película homónima que ha dirigido Michael se basa directamente en ella, han tomado también elementos de otras obras y han rejuvenecido convenientemente al protagonista para que sirva como carta de presentación ante una supuesta nueva saga de un héroe de acción a la altura de James Bond, Jason Bourne, Ethan Hunt o Jack Ryan.
American Assassin narra la historia de un joven que, tras presenciar como su prometida muere en un atentado terrorista en Ibiza decide entregarse en cuerpo y alma a perseguir y exterminar a todos aquellos activistas radicales que se pongan en su punto de mira. Algo así como un Punisher internacional, para que me entiendan los seguidores de Marvel. Esto llama la atención de Irene Kennedy, subdirectora de la CIA, que ve en él las actitudes necesarias para incorporarlo a un programa de adiestramiento para convertirlo en un súper agente secreto, todo bajo la supervisión del veterano y estricto Stan Hurley. La única pega es que Rapp no parece muy bueno acatando órdenes, confundiendo a menudo el cumplimiento de la misión con su cruzada personal.
Como se puede apreciar, no hay nada que suene a original en la trama. Y tampoco su puesta en escena es nada del otro mundo. Michael Cuesta, del que hace no demasiado pudimos ver Matar al mensajero, se limita a realizar un trabajo correcto, con escenas de acción bien filmadas y que, si bien no quedarán para siempre en nuestra memoria, al menos no molestan.
Quizá el plato fuerte de la película haya que buscarlo en sus protagonistas, con ese duelo entre jóvenes estrellas como son Dylan O’Brien (a punto de culminar la saga de El corredor del laberinto) y Taylor Kitsch (que aún está esperando la gloria que John Carter le negó), aunque cuando realmente se tensa el ambiente es cuando entra en escena Michael Keaton, que tras unos años en el ostracismo parece que el éxito de Birdman lo ha recuperado a lo grande, bastando como prueba su trabajo en Spiderman Homecoming.
Con estos elementos, American Assassin es una película de acción más, con ligeros apuntes políticos, que no parece suficiente para demostrar que merece tener su propia franquicia pero que tampoco llega a aburrir en ningún momento. Es cine de entretenimiento que se deja ver con agrado y al que no se le debe pedir demasiado para que no salten todas las costuras.
American Assassin es, simplemente, más de lo mismo. Pero si ese mismo está bien hecho, tampoco es paras quejase demasiado, ¿no?

Valoración: Seis sobre diez.

ENGANCHADOS A LA MUERTE, ridículo remake que glorifica a la original

En 1990, Joel Schumacher dirigió Línea mortal, una interesante película que sin llegar a ser tampoco nada del otro mundo sí era muy efectiva en unificar una trama de intriga con un inteligente desarrollo de personajes, un quinteto de amigos encarnados por un selecto grupo de estrellas en auge encabezados por Kiefer Sutherland y Julia Roberts.
Ahora llega Enganchados a la muerte, una nueva versión de la historia, adaptada a los tiempos actuales, donde el director Niels Arden Oplev juega al despiste entre si estamos ante una secuela o un remake al utilizar al propio Sutherland como secundario de lujo en un personaje que bien podría ser el mismo de aquella película, con su correspondiente evolución. Este es, tomado como simpático guiño, el mejor acierto de una película que no llega a funcionar en ningún momento, torpe mezcla entre film de terror al uso (entiéndase esto como fantasmas que aparecen por sorpresa a la espalda de los protagonistas, sustos a golpe de subidas de música y todos los recursos tópicos esperados) con una moralina sobre el bien y el mal y el peso de los pecados de nuestro pasado que no satisface de ninguna de las maneras, menos si se comete el error de compararla con la cinta original.
Con la excusa de un experimento para descubrir si hay vida después de la muerte, una serie de estudiantes de medicina deciden provocar su propia muerte deteniendo sus corazones para realizar un escaner cerebral que registre la actividad eléctrica del mismo en esos escasos minutos en los que estén clínicamente muertos. Esto provoca una especie de competición entre ellos para ver quien logra permanecer más tiempo en ese estado de muerte temporal, comprobando que a su regreso su cerebro parece más estimulado y activo, pero sin saber que con ello están abriendo una puerta con el más allá que estaría mejor cerrada. Una premisa idéntica a la película original, con unos personajes que, pese a sus diferencias de raza o sexo, son también un calco de aquellos y con una resolución de la trama que, salvo por un giro aislado, sigue también los mismos pasos de Línea mortal. Esto hace que los paralelismos sean casi inevitables y funciona como perfecta metáfora de las diferencias entre el cine de finales de los ochenta y el actual, demostrando porqué seguimos añorando tanto aquella época dorada para muchos muy sobrevalorada.
Y es que la clave para distinguir ambas películas, más allá del carisma de los actores protagonistas (el aspecto eternamente aniñado de Ellen Page no ayuda a hacer creíble su personaje mientras que Diego Luna parece en todo momento consciente de estar dando un paso atrás en su carrera haciendo esto después de protagonizar Rogue One), está en lo mal que están desarrollados los personajes. El danés Niels Arden Oplev, pese a estar curtido en personajes oscuros y atormentados como demuestra su trabajo en Millenuim: los hombres que no amaban a las mujeres o La venganza del hombre muerto, parece más interesado aquí en conseguir una estética chula y un ambiente emocionante que en explicar las motivaciones y los conflictos internos de los protagonistas, algo muy necesario en esta película para alcanzar a comprender porqué hacen lo que hacen. Además, ni siquiera en el aspecto visual logra estar a la altura de un Schumacher por momentos muy impregnado de la estética de Blade Runner. Pretende, además, alejarse del tono casi religioso (aunque convenientemente sutil) de aquella, haciendo que esa moralina por momentos ridícula resulte más superflua todavía.
Es por ello que en ningún momento se consigue comprender a los protagonistas y mucho menos simpatizar con ellos, lo cual deriva en una desconexión con la trama que provoca aburrimiento y hastío. Sustos artificiales aparte, la película parece tan muerta como sus protagonistas en muchos momentos de la trama, y el mencionado cambio con respecto a su predecesora es suficiente para hacernos reconciliarnos con la historia.
Y luego se preguntan porqué hay aún tanta gente que critica a los remakes...

Valoración: Tres sobre diez.

martes, 31 de octubre de 2017

Reflexiones catódicas: LA NOCHE DE... STEPHEN KING

Estamos en la noche de Halloween, una velada que, por más que a algunos les moleste por su tradición americana (aunque su origen real sea celta). Aquí en España no se ha adaptado todavía la costumbre del “truco o trato”, aunque cada vez se ven a más niños (o mayores) disfrazados, y hay que recordar que el elemento terrorífico de nuestra “noche de difuntos” siempre ha estado ahí (releeros si no las geniales Leyendas de Bécquer).
Como sea, es una noche propicia para ir al cine a ver una película de terror o quedarse en casa y tirar de DVD o televisión, que ahora con la cantidad de series y películas en streaming tampoco es una mala opción.
Así pues, este mes he decidido dedicar mis reflexiones catódicas a Stephen King, el llamado “maestro del terror”, aunque quienes conocen su obra sabe que hay mucho más que simple terror tras ellas. King es uno de los mejores escritores contemporáneos, por mucho que haya quien lo discrimine por el género en el que suele moverse, pero sus fans son legión y las adaptaciones al cine o televisión de sus obras se cuentan por decenas. Cierto es que la calidad de las mismas no siempre ha sido pareja a la calidad de sus textos, pero eso ya es otro cantar.
Este 2017, después de algunos años relegado a la serie B, el cine ha vuelto a confiar por todo lo grande en el escritor de Maine con dos superproducciones de opuestos resultados: la fallida (pese a que la idea de la secuela sigue en pie) La Torre Oscura y la genial y taquillera (ya ha alcanzado los 700 millones) It. Y en televisión la cosa no es para menos.
En realidad, King siempre ha estado presente en la tele de una manera u otra, aunque en la mayoría de los casos con productos muy irregulares por querer estirar demasiado tramas que no lo necesitaban y terminar por desdibujarse por completo la idea original. 
Es por ello que durante un tiempo lo que mejor representaba a las novelas de King eran las miniseries, desde la icónica It de1990 hasta la melancólica Los años dorados, pasado por clásicos televisivos como El misterio de Salems’s Lot o productos más olvidables como El resplandor (la versión que aspiraba a ser más fiel a King que la película de Kubrick), Langoliers, Tommyknockers, La tormenta perfecta (con guion del propio King) o Apocalipsis. Mini series todas ellas muy heredaras de su época pero que componen un buen escaparate para contemplar la obra de Stephen King de los ochenta y los noventa.
Existen también alguna serie abierta de aquella ápoca, pero por desgracia casi todas partían de un arranque interesante y terminaban naufragando y cayendo en el olvido. Son casos como los de La zona muerta, o Kingdom Hospital (que debería haberse conformado con una primera e interesante temporada).
Da la sensación de que cuando uno piensa en las adaptaciones de Stephen King estas se remontan al siglo pasado, sobre todo a raíz de los grandes títulos que impulsaron su carrera de la mano de maestros como John Carpenter, Stanley Kubrick, Brian de Palma y, posteriormente, Rob Reyner, teniendo que recurrir a Frank Darabont para recordar los mejores trabajos de este siglo XXI, pero King ha estado constantemente presente en la televisión de la última década, con seriales como Heaven o La Cúpula, recientemente cancelada.
En realidad, la última gran apuesta en series por indagar en el mundo de King es La Niebla, que es el motivo por el que hoy esté escribiendo sobre el escritor de Maine, pero pese a estar disponible en Netflix desde hace unos meses la recepción ha sido tan mala que, sumado al hecho de que se haya cancelado de manera fulminante tras una primera temporada de final abierto, no me ha animado a acercarme a ella. Aparentemente, negándose a competir con su magistral homólogo cinematográfico, la serie solo tomaba la novela corta de King como referencia para hacer una especie de copia en principio más claustrofóbica aún que en La Cúpula, es decir, narrar la historia de unas gentes de pueblo encerradas en un lugar, y por ello no es de extrañar que el resultado final haya sido exactamente el mismo. Lo dicho, alargar en exceso una buena idea no suele ser un acierto.
Por ello, uno de los mejores productos de reciente factura es la muy recomendable serie de ocho capítulos 22-11-63, con la factoría de J.J. Abrams detrás y adaptando con bastante fidelidad la obra de mismo título sobre viajes en el tiempo y el intento por evitar el asesinato de Kennedy.
Gracias, sin embargo, a las plataformas de streaming (y en este caso concreto, a Netflix), King sigue estando de máxima actualidad gracias a dos interesantes películas de las que tengo pendiente una reseña más extensa. Se trata de El juego de Gerard y 1922, dos títulos que por su humildad y sencillez no habrían tenido cabida en salas de cine pero que resultan perfectos para disfrutar en formato doméstico. Ambas, de reciente estreno, son una buena opción para esta noche, pese a que apuesten más por el misterio, la intriga y el desasosiego que por el terror puro. Sirven, al menos, para paliar el amargo sabor de boca dejado por La niebla.
King vuelve a estar de moda, y el hecho de que It sea posiblemente la película más exitosa del año así lo confirma. Si en el horizonte cinematográfico se encuentra la secuela del film de Andrés Muschietti y la incógnita sobre la continuación de las aventuras de La Torre Oscura, en televisión parece claro que las adaptaciones no van a tener fin. De momento, Mr. Mercedes (que abría una trilogía de novelas) ya ha renovado para una segunda temporada, pese a que la primera no se haya podido ver aún en nuestro país, 8 será la adaptación del relato corto N cuyo episodio piloto está dirigiendo David F. Sandberg (Annabelle Creation) y Castle Rock, de nuevo con Bad Robot detrás, es la gran apuesta, ya que tiene la ambición de aunar todo el Universo de Stephen King teniendo esa población ficticia como punto en común. Una de las series más esperadas para el año que viene, sin duda alguna. Y esto, sin saber todavía qué pasará con La Torre Oscura, ya que recordemos que el planing inicial incluía una serie que complementara las películas.
Lo que está claro es que pese a que hace ya la friolera de cuarenta y un años desde la primera adaptación de un texto de King (Carrie, de Brian de Palma), King sigue siendo todo un referente. Y no solo por sus adaptaciones directas. Y es que otra buena opción para esta noche puede ser una maratón con la segunda temporada recién estrenada de Strangers things. ¿Y quién duda que Stranger Things es puro Stephen King?

Feliz y aterradora noche, amigos. 

lunes, 30 de octubre de 2017

CdS: FE DE ETARRAS: discreta diversión sobre el terrorismo

Aprovechando que gracias al festival de Sitges este fin de semana ya tenía la mitad de los deberes hechos (recordad buscar la opinión sobre El secreto de Marrowbone en los especiales de Sitges), en lo que a estrenos importantes se refiere, recupero una sección que tenía bastante olvidada, la de aquellas películas que recupero en formato doméstico o que, como en esta ocasión, han sido diseñadas directamente para televisión. O para streaming, mejor dicho. Y no será porque no tenga títulos pendientes.
El caso es que el estreno de Fe de etarras por parte de Netflix no podía ser más apropiado. Primero, porque vio la luz (sin contar con su polémico paso por San Sebastián) el día 12 de octubre, fiesta nacional. Segundo, porque coincide con un momento turbulento en Catalunya por culpa de sentimientos nacionalistas, que es de lo que trata la película, aunque a Dios gracias la situación no es ni de lejos tan aterradora como sucediera en el País Vasco.
Más allá del buen o mal gusto que pudiesen tener con la campaña publicitaria (recordad el cartel gigantesco que llegó a ser objeto de denuncia cuando todavía no se sabía que esto era una comedia), la duda estaba es saber si ya había pasado suficiente tiempo como para poder hacer comedia sobre un asunto tan delicado como el del terrorismo de ETA.
Personalmente creo que dar un tono de comedia a la vida, por dura que pueda resultar, siempre es positivo, bajo la condición de que se haga con respeto y buen gusto. Y Borja Cobeaga (director) y Diego San José (guionista) saben cumplir con esas cualidades. Bien conocedores del conflicto, que ya retrataron alguna vez en el programa de humor televisivo Vaya semanita, no han buscado un humor fácil de gags simples como en su mayor éxito, Ocho apellidos vascos, en la que también se permitían alguna broma con el tema. Han optado por un humor más sutil y corrosivo que en ningún momento puede llegar a ofender a las víctimas (que es lo más importante) y que ridiculiza a los fanáticos capaces de asesinar en nombre de una bandera o unos ideales sin duda obsoletos.
Fe de etarras cuenta como el veterano Martín, después de una traición del pasado, tiene la oportunidad de redimirse liderando un comando compuesto por los convencidos Álex y Ainara y por el aspirante a terrorista Pernando (ese es su nombre de combate, aunque a lo largo de la película lo va cambiando por Van Damme, Stallone...). El objetivo es esperar en un piso franco a que les indiquen el momento de poner una bomba en plena capital para reivindicar los ideales de la banda terrorista justo en el momento en que se está negociando su rendición, coincidiendo además con el Mundial de Fútbol que España logró ganar.
Con un reparto en el que destaca el siempre sobresaliente Javier Cámara, la película se nutre de diversos chistes a consta de la pasión/fobia por los símbolos nacionales (y para esto nada mejor que el fútbol) y la obsesión de los terroristas por cumplir su misión lidiando para ello con las situaciones más esperpénticas posibles. No hay, en mi opinión, nada que deba ofender a nadie, siendo mi principal queja de la película que no alcanza el tono de humor necesario para funcionar correctamente. No es que los chistes no hagan gracia, que la hacen, sino que son demasiado escasos, habiendo demasiados momentos en los que se podría dudar si es una comedia o un drama costumbrista. Esta indecisión, junto a una subtrama romántica que tampoco aporta demasiado, es la principal traba para una película que, por otra parte, es necesaria para recordar una época que conviene dejar atrás en cuanto a los hechos pero no en cuanto a la memoria. Siempre conviene recordar los errores del pasado para tratar de aprender de ellos, y resulta más sencillo y agradable hacerlo desde la comedia (me viene a la mente la similar Four lions, en este caso sobre el extremismo islámico) que desde el dolor, sin que por ello deba acusarse de frivolizar.
Interesante propuesta de Cobeaga y San José y valiente apuesta de Netflix, que sigue sin conseguir grandes obras maestras pero que poco a poco va ampliando un interesante catálogo de películas de producción propias. No es perfecta, quizá incluso inferior a 7 años, pero al menos marca el camino a seguir.

Valoración: Seis sobre diez.

sábado, 28 de octubre de 2017

THOR RAGNAROK, entre lo ridículo y lo divino.

Entre las eternas discusiones entre aficionados de cómic de DC y Marvel arece que siempre ha habido el mismo reproche hacia “la Casa de las Ideas”, y era su (a veces) descontrolado sentido del humor. 
Obviando siempre las películas de El Capitán América (apenas había chistes en El soldado de Invierno y Civil War, quitando la batalla del aeropuerto, tiene un importante cariz dramático), es cierto que en Marvel han apostado más por el desenfado y la diversión, alcanzando sus cotas más altas (hasta ahora) con Los Guardianes de la Galaxia.
En Thor Ragnarok han decidido no solo seguir en la misma línea sino dar incluso un paso más, alcanzando unas cotas de ridículo absurdo que no existían hasta ahora en Marvel y que pueden incluso ofender al fan más seguidor del Dios del Trueno. Es cierto que se mantienen todas las señas de identidad de la casa: hay peleas espectaculares, épica y diversos puntos de conexión con otras películas para recordarnos que estamos en un Universo Compartido, pero lo han hecho desmitificando a los héroes y con unos insospechados niveles de autoparodia que rozan la irreverencia.
El gran responsable de ello, sin duda, es Taika Waititi, el director, que pese a no estar acreditado como guionista sin duda ha impuesto su estilo y ha marcado las directrices en cuanto a la línea a seguir para el desarrollo de personajes. Y esto es otro cambio en Marvel. 
Hasta ahora habían apostado por directores jóvenes de estilos personales pero escasa trayectoria, a los que había terminado por manejar y modelar a su antojo, despojándolos de esas señas de identidad por las que lo habían contratado, y el fiasco de Edgar Wright en Ant Man es buena prueba de ello. Con Waititi, autor de las interesantes Lo que hacemos en las sombras y A la caza de los ñumanos, parece claro que le han dado rienda suelta para hacer lo que le ha dado la gana y, a juzgar por el resultado, desde luego que lo ha hecho.
Ya con los carteles y las primeras imágenes se auguraba una locura visual, e incluso esos dos avances llamados Team Thor indicaban por donde iban a ir los tiros, pero nadie podía imaginarse que todo iba a ser tan desquiciante y exagerado. Waititi no reniega, ni mucho menos, de los trabajos anteriores de Kenneth Branagh ni Alan Taylor, atando los cabos sueltos (de manera muy superficial, todo hay que decirlo) con el final de Los Vengadores: la era de Ultron. Así, Thor Ragnarok continúa la búsqueda de Thor por descubrir el significado de esos sueños premonitorios que en el film de Josh Wedon le provoca Wanda hasta llegar a la conclusión de que el Ragnarok, el fin del mundo de la mitología nórdica, está a punto de destruir su Asgard natal. La llegada de Hela, la Diosa de la Muerte, y su periplo en el planeta Saakar, donde se encuentra, también en consonancia con el final de La era de Ultron, con Hulk, le indicarán los pasos a seguir.
Waititi, como digo, construye su película sin renunciar a ser un peldaño más en la escalera del Universo Marvel que nos debe conducir a La Guerra del Infinito, pero no parece tampoco que esté tan atado a ello como para que su producto no tenga identidad propia, amparándose para ello en un montón de cómics a los que hace referencia directa, como Planeta Hulk, Contienda de Campeones o la propia saga de Ragnarok de la colección del Dios Nórdico. En lo que no es tan fiel Waititi es en el trato de los personajes, haciendo que tanto Thor como Hulk parezcan, por momentos, dos perfectos imbéciles. Peleas infantiles, caídas por escaleras, pelotazos en la cara... Situaciones absurdas impropias de unos héroes de este talante.
Dice el propio Waititi que casi el ochenta por ciento de la película se basó en improvisaciones, y el propio Mark Ruffalo no podía entender que les permitiesen llevar a los protagonistas a ese nivel, esperando durante todo el rodaje una llamada telefónica que los despidiera a todos. Pero, visto lo visto, Marvel decidió arriesgar y permitir todo lo que Waititi ha querido hacer y, sorprendentemente, la cosa funciona.
Podría haber sido un desastre, y estoy convencido de que muchos fans así lo pensarán y se tirarán de los pelos viendo la aberración que han hecho con sus héroes, pero una vez más hay que recordar que las películas no se hacen pensando en los cuatro frikis que leemos cómics, sino en el público general, y este va a quedar encantado con Thor Ragnarok.
Con un aroma que recuerda a Los Guardianes de la Galaxia, vol. 2, unos escenarios que parecen sobrantes de Star Wars (aunque algo de Blade Runner 2049 también hay) y mucha locura, Thor Ragnarok se pone al fin al servicio del Dios el Trueno para convertirlo en el absoluto protagonista, pese a los secundarios con los que forma equipo, y culminar su trilogía a lo grande. Este puede parecer el Thor más payaso de los tres que hemos visto hasta ahora, pero también el que al fin logra llegar a su evolución final y aspirar a ser el rey que Asgard necesita. Para ello Waititi ha contado con unos actores entregados y donde (una vez más) sobresale Tom Hiddleston, con una gran villana encarnada por Cate Blanchett cuya presencia sabe a poco y un histriónico Jeff Goldblum divertidísimo. Tengo alguna cosilla que echar en cara a Waititi, como la muerte demasiado ligera de ciertos personajes, la ausencia de otros o la aparición casi gratuita de Skurge, pero parece claro que todo vale en pos de la diversión, y si es esto lo que debemos valorar nadie le puede negar a Thor Ragnarok que es exageradamente divertida.
Al final, lo miremos como lo miremos, las virtudes superan con creces los defectos, y la película consigue ser todo lo que se propone, una locura desquiciantemente tronchante, capaz de elevar el interés hacia un héroe que todavía no lo había dado todo en el cine, mediante una fórmula que, aunque pueda no parecerlo a simple vista, innova mucho con respecto al llamado “método Marvel”, llegando a ser una apuesta realmente arriesgada y valiente.
No es, desde luego, la mejor película que ha hecho hasta la fecha Marvel, pero sí una de las más locas y divertidas, y aunque yo mismo estoy tratando todavía de salir del estupor que me ha provocado debo terminar por rendirme (no sin alguna objeción) a ella.. Y eso, tras dieciséis películas, no es fácil de conseguir. De momento, y contra todo pronóstico, la llama sigue viva. Y el camino hacia La Guerra del Infinito es cada vez más corto.
Valoración: Seis sobre diez.

domingo, 22 de octubre de 2017

LA PIEL FRÍA, insuficiente fábula de terror.

Pudiera parecer complicado llevar a la gran pantalla la exitosa novela de Albert Sánchez Pinyol, pero a la hora de hacerlo Xavier Gens era una buena elección. Al menos tras su potente Frontera, aunque su alejamiento del cine de terror con Hitman truncó lo que parecía una interesante carrera.
En La piel fría se aprecian detalles del mejor Gens, sobre todo en lo referente a una puesta en escena impecable, donde tanto los efectos visuales capaces de transformar a Aura Garrido en un ser de aspecto anfibio como la fotografía que convierten Lanzarote en una inhóspita e insana isla copan el interés principal. Por desgracia, y pese a saber condensar correctamente la historia de la novela, eliminando alguna subtrama que quizá entorpecerían el ritmo narrativo cinematográfico, la película fracasa en lo que debería ser lo más importante, la profundidad de personajes.
La piel fría arranca con la llegada de un barco a la susodicha isla donde dejaran a un hombre durante un año completo para trabajar realizando estudios meteorológicos. Allí conocerá al otro habitante de la zona, Grunter, un hombre malhumorado y poco amistoso que se ocupa del faro, a poca distancia de la cabaña que ocupa el protagonista. No es un comienzo muy esperanzador, que empeorará cuando se descubra que por las noches una serie de criaturas marinas emergen del mar para atacar salvajemente a los protagonistas. Grunter y el recién llegado, al que este llamará simplemente Amigo, deben hacer frente común, pese a sus evidentes diferencias, para sobrevivir a los ataques nocturnos, conviviendo además con una hembra de tan extraña especie que Grunter tiene como mascota.
Así, la película tiene un ambiente desasosegante y aterrador que sirve como excusa para hablar sobre la soledad y la huida del pasado, dos elementos que unen a los protagonistas pero que nunca llega a calar en el espectador por falta de información. Lo que se sabe de ellos es escaso y el desarrollo de su relación se produce a trompicones, mediante elipsis fallidas que impiden la empatía con ninguno de ellos.
La piel fría describe un extraño triángulo donde unas dosis más elevadas de terror habrían mejorado la función, pero esa falta de riesgo y de pasión la dejan un poco a medio camino de lo que se intuye podría haber llegado a ser. Solo el esforzado trabajo de Aura Garrido anima la trama, que precisa más valentía para que esta especie de fábula que le habría venido que ni pintada a alguien como Guillermo del Toro llegue a funcionar.
Con todo, su estética es hipnótica, y las escenas de enfrentamientos impiden que el espectador llegue a aburrirse en ningún momento, con lo que se impide que la película llegue a decaer en ningún momento.
La piel fría es un buen cuento de terror, pero con un poquito más de alma habría podido llegar a ser una película realmente brillante.

Valoración: Seis sobre diez.

GEOSTORM: el arte de destruir.

Desde que deslumbrara al mundo con Independence day, Roland Emmerich se ha convertido en todo un especialista en destruir el mundo de las más diversas maneras, llegando a rozar el ridículo con Independence day 2: Contraataque. Precisamente en ambas películas, al igual que en Godzilla, había un tal Dean Devlin metiendo mano al guion (junto a otras de su amigo Emmerich como Soldado Universal o Stargate).
Ahora, después de haber cogido algo de rodaje en el mundo de la televisión, Devlin ha decidido saltar a la realización cinematográfica moviéndose allá por donde se encuentra como pez en el agua. Por eso, Geostorm es una colección delirante y absurda de todos sus tics como guionista, con unos niveles de destrucción que supera todo lo parido por él hasta ahora, con el presidente de los Estados Unidos con un papel relevante y, por supuesto, con un héroe solitario con dificultades para relacionarse con su hija que se las apaña para salvar al mundo casi sin despeinarse.
Bueno,a lo que queda de mundo después de que Devlin juguetee con él.
La ventaja que tiene Geostorm es que tanto su punto de partida como sus primeros trailers eran tan horrendos que la total ausencia de hype no ha hecho más que beneficiarla. Había tan pocas esperanzas en esta historia futurista sobre un satélite capaz de controlar el tiempo que era pirateado por unos terroristas que al final consigue hasta entretener, teniendo en cuenta que siempre hay una parte de placer culpable en eso de ver saltar en pedazos monumentos emblemáticos de otros países.
Puestos a glorificar los excesos, Geostorm lo tiene todo: tsunamis, congelaciones, tormentas de rayos, explosiones debido a las altas temperaturas... Y a nivel algo más terrenal: conspiraciones, persecuciones en coche, tiroteos, cuentas atrás que se solucionan en el último segundo... Nada parece limitar a la imaginación de Devlin, que quizá no tuvo en cuenta a la hora de escribir que todo eso cuesta dinero, y los ciento veinte millones de presupuesto (parece mentira que alguien se atreva a invertir tanto dinero en algo así) son insuficientes para conseguir que tanta destrucción resulte creíble, viéndose el cartón (o mejor dicho, el ordenador) a las escenas supuestamente más espectaculares.
Aparte de un tremendo error de casting que anticipa el desenlace final (es lo que tiene permitir que algunos actores se encasillen), la mayoría de los protagonistas, por más populares que sean, no parecen creerse en ningún momento a sus personajes. En concreto, esa improbable pareja de hermanos que componen Gerard Butler (que evidentemente ha vivido tiempos mejores) y Jim Sturgess, que, como buenos hermanos, parecen competir para ver quien interpreta peor. Algo de profundidad aspira a aportar Abbie Cornish, mientras que la pequeña Talitha Eliana Bateman (que ya me gustó en Annabelle: Creation) es la única que parece tomárselo en serio. Casi da hasta lastimica ver a tipos como Ed Harris o Andy García metidos en estos fregados.
Poco más se puede decir de una película que al menos no engaña y da justo lo que promete: Destrucción sin sentido, inverosimilitud total, chascarrillos en los momentos más inadecuados, desenfreno visual, fuegos de artificio y ensalzamiento del macho, aunque también se le debe reconocer el saber apuntarse a la moda de las protagonistas duras y activas.
En fin, película de palomitas, consumo rápido y olvido inmediato. No es que llegue a destruir también nuestras neuronas, pero poco le faltará.

Valoración: Cinco sobre diez.

OPERACIÓN CACAHUETE 2: secuela sin chispa

En 2014, Operación Cacahuete fue una pequeña sorpresa dentro del mundo de la animación, más si tenemos en cuenta que no pertenecía a ninguna de las grandes productoras. Divertida y con buen ritmo, era una simpática comedia de aventuras sin complejos que funcionaba bastante bien.
Ahora llega su secuela, en una clara maniobra de exprimir el éxito. Sin llegar a ser una mala película, técnicamente muy correcta, Operación Cacahuete 2, Misión: salvar el parque repite la fórmula sin demasiado riesgo, tomando muchos elementos comunes de otras películas similares, derivando en un producto superfluo y sin demasiada chispa.
Siendo muy generoso se le podría encontrar alguna virtud especial, como el retrato que hace de la corrupción política personalizándola en un alcalde que solo piensa en lucrarse, aunque sea a base de destruir la zona verde donde viven los protagonistas y construir en su lugar un parque de atracciones horrendo, pero en el fondo de lo que va esto es de ensalzar el trabajo en equipo y fomentar la amistad, algo tan noble como cansino en el mundo de la animación.
Operación Cacahuete 2 puede ser efectiva para los más pequeños, que disfrutaran reencontrándose con viejos amigos y con la incorporación de nuevos personajes, pero puede resultar demasiado tópica para el sufrido acompañante adulto, que no encontrará nada original a lo que poderse agarrar.
Para pasar el rato y poco más.

Valoración: Cuatro sobre diez.