viernes, 28 de julio de 2017

DUNKERQUE. Espantosa tomadora de pelo.

Siempre que me he enfrentado al hecho de escribir una opinión sobre una película he tratado de ser elegante y objetivo, más allá de que luego mis valoraciones puedan gustar más o menos al lector habitual. Sin embargo, en el caso de Dunkerque salí del cine tan ofendido e indignado por semejante tomadura de pelo que se me va a hacer muy cuesta arriba semejante propósito. Así que he decidido dividir este comentario en dos partes, la primera en la que me contendré lo mejor posible y una segunda, ya con spoilers, donde daré rienda suelta a todo lo que la película me provocó.
Aunque nunca he sido un gran admirador del señor Nolan, al que siempre he considerado mejor creador de imágenes que director (de guionista ya ni hablamos), pensaba sinceramente que esta iba a ser la película que me reconciliaría con él. No en vano narrar un episodio crucial de la historia (y más si corresponde, además, a la II guerra Mundial) siempre luce mucho, como demostró Spielberg en la irregular Salvar al soldado Ryan o Gibson en la magnífica Hasta el último hombre. Pero no. Me bastaron quince minutos de película para descubrir que esto no era para mí y ha sido esta una de las pocas veces que he estado a punto de abandonar una sala de cine a la media hora de película.
Nolan no filma, experimenta. No digo eso como algo negativo: el loable que en estos tiempos de convencionalismo alguien trate de innovar en algo, pero el experimentar no es sinónimo de triunfar. Su experimento es, para mí, a todas luces fallido, consiguiendo sin duda su peor película y, posiblemente, una de las peores del año. Y es que para inventos ya teníamos a David Lynch o a Terrence Malick. Zapatero a tus zapatos, como se suele decir…
La película pretende narrar la historia de Dunkerque, la mayor derrota militar de los aliados y que propició la participación de los Estados Unidos en la guerra, alentados por el famoso (y ventajista) discurso de Churchill. Y digo pretende porque no estamos, en realidad, ante la historia de Dunkerque. Esto es más bien una trivialización de la misma, una insultante edulcoración que ni explica lo que sucedió ni se corresponde con la realidad.
Nolan no está interesado en hacer una clase de historia, lo cual es decisión suya, y en dos pinceladas (la idea de los panfletos es buena) nos pone en situación, pero luego se corta a la hora de plasmar en imágenes el escenario real, no dando sensación, en ningún momento, del sufrimiento que debieron sufrir los soldados acorralados como ratones en esta playa rodeada de nazis y a apenas unos quilómetros de su Inglaterra natal (en el caso de la película, poco pintan aquí los franceses, polacos, belgas, etc.). Entiendo la decisión de no querer mostrar al ejército alemán para centrar toda la atención en el protagonismo de los británicos, pero ya jugó a lo mismo Spielberg en la miniserie Hermanos de Sangre y allí sí se sentía la amenaza alemana como algo tangible.
En un ejercicio de arrogancia donde la estrella es siempre el director, no la historia, Nolan juega a dividir la trama en tres líneas temporales diferentes, que muestra en paralelo hasta unirlas al final de la película. Este recurso podría resultar interesante bien ejecutado, pero en sus manos resulta confuso, un simple truco de ilusionismo para mostrarnos, las pocas escenas de interés, repetidas por tres, como si él mismo fuese consciente de que narrada en orden convencional la historia es extremadamente mínima. Y es que no todos los hechos históricos, por importantes que sean para el desarrollo de la humanidad, pueden ser bien llevados a la pantalla. Pero de eso hablaré más adelante.
Finalmente, me queda hablar de los actores, entre los que solo puedo destacar a un magnífico Kenneth Branagh, que con apenas unos minutos transmite en sus miradas más que la película entera, y algo (muy poco) de Cillian Murphy, cuya historia, bien desarrollada, podría haber sido interesante. Del resto nada se puede destacar, sobre todo en el caso de Mark Rylance, un gran actor (aunque su carrera comercial parece haber empezado y acabado con El puente de los espías, más después de esa ridiculez que fue Mi amigo el gigante) y que aquí está horrible, sobre todo en la primera parte de la película.
En fin, una película mala no por un cúmulo de situaciones sino por decisión del propio señor Nolan, que aquí actúa como autor completo y es el único responsable de todo lo bueno o malo que haya en el film. Y para mí es todo, o casi todo, malo.
Dicho esto, permitidme dejar algo de libertad a mi parte más emocional (es en esta parte donde puede haber algún spoiler). Dicen los más críticos con la película (y es que a muchos les ha encantado, considerándola una obra maestra, que no quiero yo ser profeta de nada y reconozco que puede que en este caso esté solo contra el mundo) que es fría y deja indiferente. La historia, desde luego, sí. Es imposible simpatizar con ninguno de los soldados a los que no llegas a conocer para nada. Pero a nivel general, la frialdad no fue conmigo. A mí sí me produjo sensaciones, todas negativas.
Hay una metáfora que ilustra la película. Al principio del todo está el chico protagonista (un cantante de esos de moda que de cine poco sabe) intentando hacer de vientre en varias ocasiones. Así creo que apareció el germen del film. Estaba Nolan tan a gusto en el lujoso retrete de su mansión de California, soltó todo lo que tenía que soltar y pensó: “he aquí mi próxima película”. Porque eso es lo único que se me vino a la cabeza viendo Dunkerque: ¡menuda mierda!
Visualmente es espantosa. Las escenas de combate aéreo no lucen nada, son precipitadas y hasta incomodas de ver. Y el chiste ese de que lo que hace es buscar un realismo total, sumergiendo al espectador en el contexto, se van al garete al ver ese Dunkerque con edificaciones de los años setenta, ventanas de cristales impolutos y antenas de televisión. Por su parte, el señor Tom Hardy debe ser el actor más caradura de todos los tiempos. Ya en ese despropósito que sirvió para cerrar la trilogía del murciélago de Nolan hizo un personaje al que nunca se le veía la cara, como en media película de Mad Max, pero al menos ahí tenía acción corporal. Recibió alabanzas por pasarse una hora y media hablando por el móvil desde su coche en Locke y dicen hace un cameo perfecto en Star Wars: Los últimos Jedi, oculto bajo la armadura de Stormtrooper. Aquí, sin embargo, riza el rizo. Oculto bajo el casco y las gafas de aviador (solo se le ve la cara en la bochornosa escena final, cuando planeando con un avión sin gasolina derriba a un enemigo alemán, cual Cid Campeador cabalgando después de muerto) se limita a sacudir la cabeza a un lado y otro de su cabina, como los muñecotes esos que uno pone en el salpicadero del coche para echarse unas risas.
Decía antes que no todas las historias pueden ser bien adaptadas. Esta, visto lo visto, no lo es. La cosa va de unos navegantes civiles que atravesaron el canal de la Mancha para efectuar la evacuación de los militares atrapados. Así que lo que vemos en la película es a los navegantes civiles cruzando el canal de la Mancha y evacuando a unos militares atrapados. Punto. Eso lo cuento yo en diez minutos, ya que no hay en ningún momento sensación de verdadero peligro. Tal y como está narrado, parece como si el único obstáculo fuesen cuatro aviones alemanes mal contados y un submarino fantasma que no está claro que existiese realmente.
Y decorando el pastel, como para rellenar trama, la historia del George este, al que pintan de héroe pero que en realidad es el tonto del pueblo que solo quiere salir de excursión con sus amigos (o los únicos que lo soportan, parece ser) y que demuestra que normalmente los héroes se sustentan en mentiras.
Para enmarcarlo todo, el ruido la música de Hanz Zimmer, absolutamente horrible, pero al menos efectiva, de lo poco que transmite algo de emoción en la película (porque si la escena más emocionante debe ser esa situación absurda dentro de un barco varado, apaga y vámonos).
Quizá el mayor chiste de todos sea escuchar a Christopher Nolan, después de criticar a Netflix, defender que el cine debe verse en espacios que permitan disfrutarlo tal y como fue concebido. Dunkerque ha sido rodada en una combinación de cinta 15/70mm IMAX y Super Panavision 65 mm, lo que significa que no se puede apreciar en la calidad adecuada en el 99% de los cines de todo el mundo. Así que quizá deberíamos hacerle caso y no ir a ver su película a ningún cine que no sea una sala IMAX o un Phenomena. Y de paso, gritarle: ¡Qué tonto eres, Christopher Nolan!
En resumen, que más allá de mis filias y fobias por este sobrevalorado y prepotente director, la película es una sarta de falsificaciones sobre lo que ocurrió, narrada sin fuerza (os dejo a continuación un clip con un magnífico plano secuencia de Expiación: Más allá de la pasión, de Joe Wright que nos recordaban los amigos de Espinof, donde se puede adivinar como fue realmente estar en Dunkerque, ya que Nolan ha obviado las muertes, el dolor y el sufrimiento. Mala historia, malas interpretaciones, horrible dirección y, sobre todo, muy, muy, muy aburrida.
Aunque, como casi siempre, seguramente seré yo quien esté equivocado…

Valoración: Tres sobre diez.

miércoles, 26 de julio de 2017

SIETE DESEOS, más drama que terror

Lo primero que habría que aclarar sobre la película Siete deseos es que, como muchas otras más pertenecientes a esta corriente moderna de terror psicológico, no estamos ante una película de miedo propiamente dicha. Hay muchos momentos inquietantes en la película, desde luego, pero lo que pasar miedo, poco.
Eso no significa necesariamente que sea una película mala. Aunque juega con el humor y el drama de forma un tanto errática, rozando a veces el simplismo más bobo propio de una película para adolescentes (hay momentos que quiere parecerse a una versión descafeinada de la serie Por trece razones), la película consigue atrapar lo suficiente como para mantener el interés, contagiando al espectador el nerviosismo por unas muertes aparentes que luego no lo son tanto, tal y como jugaba la efectiva, aunque agotada, saga de Destino Final.
Argumentalmente, Siete deseos podría recordar a La caja, aquel thriller con toques de ciencia ficción que protagonizaron Jim Carrey y Cameron Diaz sobre una caja con un pulsador que, al accionarse, otorgaba un millón de dólares a la pareja protagonista a costa de la muerte de alguien. Aquí, la cosa tiene un trasfondo sobrenatural, pero el juego es el mismo. La caja concede deseos a la protagonista, pero alguien morirá a cambio. La obsesión, la ambición y el temor a perder lo conseguido son las pautas que rigen la conducta de la muchacha en cuestión que sabe lo que debe hacer, pero sin que se corresponda a lo que quiere hacer.
¿Cuál es el precio que estamos dispuestos a pagar a cambio de la felicidad? Y ya puestos, ¿dónde se encuentra la verdadera felicidad? Estas son preguntas que la película plantea, aunque sin llegar a realizar una reflexión tan profunda como para que hablemos de una pieza trascendentalita.
Joey King (Asalto al poder, Independence day: Contraataque, Un golpe con estilo…) es la cara más reconocible de esta película que bien trata de rondar otros temas que puedan preocupar a los adolescentes, como el primer amor, la pérdida de un progenitor, las amistades (y enemistades) del instituto, la popularidad, etc. pero lo hace todo de forma muy superficial, consciente de que el público objetivo solo va a esperar de la obra de John L. Leonetti (que ya había dirigido la insuficiente Annabelle, siendo director de fotografía habitual de la vertiente más aterradora de James Wan) sustos y muertes. Y de lo primero, ya digo, poquita cosa.
Película, en fin, que decepcionará a los amantes del terror pero que puede llegar a interesar a aquellos que se conformen con un drama intimista sobre la destrucción moral de una buena persona. Es poco lo que ofrece, pero al menos lo hace con corrección y sinceridad. Quien quiera ver escenas escalofriantes que se conforme, al final de la película, con los títulos de crédito, brillantes y retorcidos y que preceden, como si en un blockbuster Marvel estuviésemos, a una escena postcréditos para nada sorprendente.

Valoración: Cinco sobre diez.

UNA NOCHE FUERA DE CONTROL, divertida sin más

Parece que la última tendencia en Hollywood, para mal de algunos e insuficiencia de otros, sea la reivindicación femenina en papeles protagonistas. 
Lejos de querer alimentar este debate absurdo (ya dije todo lo que tenía que decir en mi análisis al éxito de Wonder Woman), si es cierto que parece que se esté poniendo de moda girar las tornas y reinventar películas estereotipadas como masculinas para mayor gloria del encanto femenino. Lo malo es que más allá del (exagerado) éxito de Wonder Woman, la cosa no está saliendo demasiado bien, y la versión femenina de Cazafantasmas (el ejemplo más claro de esta moda) no funcionó en taquilla como se esperaba (y merecía). Poco espero de ese Ocean’s Eight de lujoso reparto que está por llegar para versionar el Ocean’s Eleven de Soderberg y tampoco es que esta variante rosa de Very Bad Things que es Una noche fuera de control sea para tirar muchos cohetes.
Y es que sí, aunque no tengan el detalle de reconocerlo en los títulos de crédito, la última película de Scarlett Johansoon, que imagino estaría un poco saturada de tanta película de acción comiquera, es más deudora del film de Peter Berg que protagonizó en 1998 Christian Slater y Cameron Díaz que de otros títulos de los que también bebe, como pueda ser la saga de Resacón en Las Vegas.
Quizá la diferencia principal entre Una noche fuera de control y Cazafantasmas es que esta no solo está protagonizada por mujeres, sino que también ha sido escrita y dirigida por una, Lucia Aniello, con Paul W. Downs (quien interpreta al sufrido novio) ayudando en tareas de guion. Esto permite que no se caiga demasiado en tópicos femeninos, de manera que las mujeres, por el simple hecho de tener más protagonismo, resulten burdas caricaturas, una paródica copia de equívocos sexuales en un terreno tradicionalmente masculino. Eso es lo mejor de una película que busca un humor muy negro y gamberro pero que, en su deseo de ser relativamente convencional y rendir tributo a la amistad, termina deshinchándose. Al final, los personajes, por más que sus actrices se esfuercen de manera meritoria, son demasiado planos y lineales y todo queda reducido a lo que uno simpatice con los (inevitables) chistes de sal gruesa sobre sexo y las situaciones rocambolescas que la muerte accidental de un stripper en plena despedida de solteras pueda provocar.
La conclusión inevitable es que la película es muy flojita, rehúye de cualquier atisbo de inteligencia y resulta rápidamente olvidable, pero por lo menos consigue durante su visionado provocar más de una carcajada y, pese a la torpeza de la directora para mantener correctamente el ritmo narrativo, entretiene sin demasiado sacrificio.
En otras palabras, una tontada desmadrada y carente de ambición para degustar y pasar página pronto. Eso sí, volver a ver a Demi Moore (por retocada que esté) en pantalla, y haciendo equipo con Ty Burrell ya es un aliciente por sí solo.

Valoración: Cinco sobre diez.

Análisis: EL (DESMEDIDO) ÉXITO DE WONDER WOMAN Y SUS REPERCUSIONES

En estos tiempos en que todo el mundo parece tan sensible con el tema de los spoilers (y no es que esta película corra mucho peligro en ese sentido), he creído conveniente esperar unas semanas para hacer un análisis en profundidad alrededor de Wonder Woman, una película que parece haber trascendido más allá de las pantallas de cine convirtiéndose en todo un fenómeno de masas.
Wonder Woman ha supuesto, al fin, la reconciliación entre público y crítica para una película Warner/DC, lo que la ha colocado como la cinta más taquillera del todavía joven DCEU, superando en cifras a El hombre de acero y Batman v. Superman. Y eso teniendo en cuenta que, y que me perdonen los fans, Wonder Woman es una segundona en el Universo DC que, pese a formar parte de la “Trinidad” de héroes, ha estado tiempo sin colección propia de comics. Vamos, que era más un icono que un gran personaje.
Y es que ese aire de líder del feminismo que muchos han querido ver en ella ha beneficiado enormemente a la película. Pases de cine exclusivos para mujeres, la imperiosa necesidad de que en la silla de dirección se sentara también una mujer (Patty Jenkins, realizadora de la oscarizada Monster y la elegida para Thor, el mundo oscuro hasta que llegaron las típicas “diferencias creativas”) y las insistentes declaraciones de sus artífices han conseguido que nos creamos que esta es la primera película de superhéroes protagonizada por una mujer y, casi, que es la primera vez que Hollywood ofrece a una dama un papel relevante de acción, no como simple damisela en apuros. Por alguna extraña circunstancia, parece que se han borrado de este plano de la existencia títulos como Elektra, Catwoman, Æon Flux, Ultraviolet o las sagas de Lara Croft: Tomb Raider, Resident Evil o Underworld, por poner solo algunos ejemplos. Pero sí, Wonder Woman es una buena encarnación de una heroína poderosa y digna, aunque una vez vista la película lo cierto es que el mensaje feminista es tan reducido que podría llegar incluso a ofender. No en vano el mayor acto heroico del film lo realiza, a la postre, un hombre. Además, que la elegida para protagonizar la película sea una miss y que el mayor debate antes de su presentación en Batman v. Superman fuese relativo al tamaño de sus pechos tampoco dice demasiado en favor del personaje.
Ya entrados en harina, la película se divide en tres bloques claramente diferenciados. La presentación de Wonder Woman, la interacción de la heroína con el mundo de los humanos y la batalla final. Vayamos a ellos:
En la primera parte, que transcurre en la Isla Paraíso, la ciudad de Themyscira está brillantemente recreada en la italiana Salerno. Todo lo relacionado con las Amazonas es pura magia del cine, con impresionantes paisajes, espectaculares batallas y los primeros apuntes de lo bien que iba a funcionar en pantalla la química entre Gal Gadot y Chris Pine. No todo es perfecto, desde luego. Cabe reprochar detalles del guion como lo ridículamente fácil que es acceder a la isla por parte de los alemanes (he oído justificaciones bastante aceptables sobre el hecho de que la isla quede al descubierto tras la utilización de los poderes de Diana por primera vez, pero en todo caso eso no aparece reflejado en la película y forma parte del deseo de cada uno por razonar ciertos errores), la terrible vulnerabilidad de las Amazonas ante las armas de fuego y, sobre todo (y esto es para mí lo peor), la ligereza con la que se toman la muerte de Antiope, un personaje hasta ahora crucial en la vida de Diana que merece mejor final (incluso una película supuestamente más ligera que esta, la ya mencionada Thor: el mundo oscuro, tiene un emotivo duelo tras el fallecimiento de Frigga, por no hablar ya del final de Yondu en Guardianes de la Galaxia, vol. 2). Tanto criticarse el exceso de trascendentalismo de las películas de DC y esta peca justo de lo contrario.
Así y todo, esta parte es la mejor de la película, colorida y visualmente magnífica, haciendo que una vez Diana abandona la isla se eche de menos a las Amazonas. Es, además, donde se encuentran las mejores interpretaciones, con unas gloriosas Connie Nielsen y Robin Wright y una mención especial a Lilly Aspell, la versión niña de Diana.
Se empiezan a intuir, sin embargo, pequeños estigmas que terminarán por ser lo peor de la película: los efectos visuales (horrible la escena en que la Diana de ocho años salta al vacío y es atrapada in extremis por su madre) y la presentación de los villanos alemanes, grotescos Danny Huston y Elena Anaya. Hay, además, bastantes toques de humor, sobre todo a raíz de las conversaciones entre Diana y Steve Trevor, que si bien a mí me han encantado pueden haber incomodado a todos aquellos que desprecien el mal llamado “estilo Marvel” que tanto predomina en Wonder Woman.
Llegados ya a la segunda parte (nota quisquillosa: ¿en serio puede la barquita esa llegar desde Grecia hasta Londres en una sola noche?), la película toma un giro más humorístico con la aparición del personaje de Lucy Davis, que no llega a saturar con su presencia, pero poco le falta. Aquí es cuando empezamos a ver a Diana hacer gala de sus poderes, donde se va a ver único apunte feminista de la película y donde Gal Gadot luce mejor, combinando una ingenuidad exquisita al más puro estilo My fair lady con momentos de agresiva dignidad, aparentando (falsamente) ser una secundaria al personaje de Steve Trevor. Sin embargo, algo empieza a oler mal cuando se presenta al personaje que interpreta David Thewlis (que desde el primer momento parece ocultar algo) y con la presentación de esa copia de los “Comandos aulladores” de Marvel que representan Samer, Charlie y “el jefe”, ese grupito de mercenarios que ayudarán a Steve y Diana a llegar al frente pero que, a la hora de la verdad, apenas sirven para nada. Especialmente clamoroso es el caso de Charlie, un francotirador incapaz de disparar. Está muy bien como metáfora de los estragos que el combate provoca en el hombre, pero termina por ser un elemento dramático que molesta al avance de la trama y con el que no se termina de profundizar.
Tenemos, además, nuevas escenas con los alemanes Ludendorff y la doctora Veneno, y con ellos una de las escenas de más vergüenza ajena que he visto en mucho tiempo, capaz de sacar a uno de la película. Me estoy refiriendo, por supuesto, a esa risa de villano malvado tras probar el gas letal que inventan contra sus propios camaradas.
Al final, nuestros héroes dejan Londres para llegar al frente y ahí se reduce todo el humor para demostrarnos la crudeza de la guerra de una manera que no se había visto aún en una película de superhéroes. Es el momento de perder definitivamente el colorido mágico de Themyscira y que el gris lo ensucie todo. También es cuando vemos a Diana convertida en Wonder Woman (no me queda claro si el cambio de traje en la película tiene un trasfondo mágico, como le pasaba a la Wonder Woman de Lynda Carter o si llevaba todo el tiempo el escudo y la armadura ocultos bajo el abrigo, pero tampoco es que me importe demasiado; esto es fantasía y así debemos juzgarlo), y ese es, posiblemente, el momento más glorioso de la película. Ver por primera vez a Wonder Woman con su uniforme, repeliendo balas y luchando al ritmo del leif motive que Junkie XL ideó para ella en Batman v. Superman es, junto a la batalla en la playa de Themyscira, de lo mejor de la película. De nuevo, magia pura. Y el momento del pueblo aplaudiendo a Diana logra humanizarla a la vez que ascenderla a la categoría de Diosa de una manera que Zack Snyder buscaba constantemente para su Superman sin lograrlo en ningún momento. Cierto es que esta Wonder Woman es muy heredera de ese estilo visual tan característico de Snyder, pero Jenkins consigue hacerlo suyo y que la cámara lenta y las coreografías luzcan de maravilla.
Pese a esos pequeños detalles ya comentados, la película estaba alcanzando hasta ahora unos niveles magníficos, casi rozando la perfección.
Y entonces llega la tercera parte. Un final de película tan desastrosamente horrible que si bien no consigue hundir la película y todo el buen trabajo conseguido hasta ahora sí lo perjudica considerablemente, tanto a nivel argumental como ideológico.
Es la hora de que Diana se enfrente al enemigo definitivo. Durante todo el rato ella ha defendido la idea de que Ares, el Dios de la guerra, es el culpable de todos los males de los humanos y, tras un último momento de lucimiento en la fiesta del castillo alemán (y después de un momento romántico que empaña un poco la representación feminista tan cacareada, como si al final toda mujer necesitara de un príncipe encantado a su lado), todo se precipita hacia ese desproporcionado final.
Diana se enfrenta a Ludendorff, convencida de que es Ares, y lo mata sin piedad (aunque para una película con tanta crudeza se hace raro ver esa espada atravesando el cuerpo del villano y posteriormente el techo sin una sola gota de sangre). Ludendorff no es Ares (¡menuda sorpresa!) y el combate es relativamente breve y poco efectivo. Está claro que esa capsula de gas que potenciaba la fuerza de Ludendorff era un simple mcguffin que, al no engañar a nadie, se torna casi una tomadura de pelo. No hay, además, ningún signo de arrepentimiento en Diana tras descubrir su error. Tampoco cuando mata a soldados alemanes en el fragor de la batalla. Y con eso parece olvidarse de que, en una guerra, no hay buenos ni malos. Más allá de lo que decidan los altos mandos, los soldados no son más que carne de cañón enviados a matar o morir por causas que, en la mayoría de los casos, ni conocen ni comparten. Y eso, en una Diosa que, según ella misma dice en uno de los momentos más cursis de la peli, lucha en nombre del amor, es, cuanto menos, extraño. El problema aquí no es, como en El Hombre de Acero, que Wonder Woman mate, sino que ni siquiera se plantee que lo está haciendo.
Pero volvamos a ese clímax final. Estoy tratando de resistirme en todo momento a hacer comparaciones crueles entre Marvel y DC, pero llegados a este punto no puedo resistirme. Por un lado, ¿recuerdan el cachondeo que hubo por parte de ciertos sectores al ver el tráiler de Capitán América: Civil War donde aparecía el enfrentamiento en el aeropuerto? Visto así, todo parecía indicar que iba a ser ese el clímax final, y muchos se reían de un escenario tan pobre para tal efecto. Al final, ni era la escena final, sino que acontecía a mitad de la película, ni se perdía nada de espectacularidad por el hecho de que no hubiese grandes elementos arquitectónicos alrededor. Aquí si tenemos un combate final en un aeropuerto (sig!) y la pelea no puede ser más vacía y poco espectacular. 
De nuevo se repiten en los peores defectos de DC, los finales aparatosos, confusos y de excesos digitales. Malos, además. Se revela lo que todo el mundo imaginaba, que Ares es Sir Patrick, el vejete que interpreta David Thewlis (¿de verdad alguien se imagina a un Dios de la Guerra con ese bigortillo) y que Diana es, en realidad, hija de Zeus y su espada no es, como ella pensaba, un arma matadioses, sino que ella lo es en sí misma. Vamos, lo que han estado insinuando con miradas y frases enigmáticas las Amazonas en toda la primera parte. Lo que no se explica en ningún momento (más allá de esa pretensión megalómana tan sobada de que el hombre es un peligro para la propia humanidad y que Ares en realidad es bueno -a su manera- y pretende que Diana se una a él en su propósito de matar a todos los hombres) es el sentido del plan de Ares. Todo el final es un sinsentido al mismo nivel que las locuras enfermizas de Lex Luthor en la película que nos presentó a la Amazona, el combate está muy mal ejecutado y los efectos especiales son casi ridículos. Rayos de energía que parecen hechos con el After effects, cromas muy cutres y una coreografía digna de Dragon Ball. Y para colmo, Diana tiene un momento de debilidad que solo logra superar gracias a recordar las últimas palabras de Steve Trevor antes de su sacrificio final: “Te quiero”. ¿Tanto feminismo para esto?
Y mientras Diana se enfrenta a un anciano con una armadura de chatarra (estoy siendo ventajista, lo sé), con una doctora Veneno que, por cierto, tras haber inventado el gas mostaza termina yéndose de rositas, pasemos al verdadero héroe de la historia.
Volviendo a las comparaciones entre Marvel y DC, era evidente que el hecho de ser esta una película histórica iba a propiciar muchos paralelismos con El Capitán América: el primer Vengador. Dicen incluso que eso es lo que motivó que la acción se trasladara de la II Guerra Mundial a la primera (aparte del detalle de que durante la Gran Guerra fuese cuando empezaron a reivindicarse los derechos de las mujeres). Sin embargo, cuando se menciona la existencia de un avión cargado de gas mortal apuntando a Londres ya adiviné el final de la película. No lo hice realmente, sino a modo de chiste, pues no podía creer que realmente fueran a hacerlo. Pero sí. De todos los finales posibles (y me parece bien que Trevor termine muriendo como demostración de que la humanidad merece otra oportunidad) los guionistas han decidido fusilar directamente el final del Capitán América (el mismo que ya estaba en los comics, por cierto). El chico sube al avión, aun sabiendo que es su perdición, para evitar la destrucción de una ciudad entera. Al final, Steve muere para ser el gran héroe. Diana se limita (otra vez) a entrechocar sus brazaletes para vencer su lucha personal.
Y, por cierto, si al final Ares no es quien provoca que los hombres luchen entre sí, ¿a qué viene esa escena de los soldados enemigos abrazándose entre ellos?
En fin, que el Capitán América, digo, Steve Trevor, termina muriendo. Y el chiste ahora es, ¿estará congelado y regresará en una segunda parte? No tendría sentido, ¿verdad? Además, no es mencionado en Batman v. Superman y en el epílogo de Wonder Woman, ya en el presente, ella lo recuerda como a alguien de su pasado. Sin embargo, en Warner ya están planteando la secuela de Wonder Woman. Quieren volver a contar con Patti Jenkins y, ¿adivinan qué? con Chris Pine. Ver para creer.
Y es que lo que es innegable es que la película ha sido un rotundo éxito. Ha superado todas las expectativas y ha abierto las puertas a la esperanza a un CDEU que si bien en taquilla no había pinchado aún parecía muy lejos en calidad (sobre todo después de ese despropósito que fue Escuadrón Suicida). ¿Han aprendido la lección esta vez? Pues permitidme que lo dude. De hecho, creo que el éxito de esta película puede hacer, a la larga, más mal que bien a este universo.
Me explico. Hasta ahora, no parecía haber una línea definida a seguir, más allá del camino de la amargura y el trascendentalismo que Nolan y Snyder estaban marcando. La obsesión era diferenciarse al máximo de Marvel y para ello no han dudado desde la Distinguida Competencia en burlarse de las escenas postcréditos (hasta que incluyeron una en Escuadrón Suicida) y del humor ligero (hasta que llegó Wonder Woman) de Marvel. Tras la buena acogida de Harley Quinn en la película de David Ayer todos los planes se fueron al garete. A estas alturas no se sabe quién hará la película de Flash, la de Cyborg parece olvidada y a Superman en solitario ni está ni se le espera. Otro tema es el film The Batman y sus conocidos y cacareados problemas (Ben Affleck salió huyendo como director, el sustituto, Matt Reeves, echó por tierra el trabajo realizado y ha empezado con un guion desde cero y ahora se pone en duda la continuidad de Affleck como actor). Eso sí, hay confirmada una película sacada de la nada llamada Ghotam City Sirens con Harley Quinn como co-protagonista  y se han anunciado varios proyectos con protagonistas femeninas, incluyendo un “versus” entre el Joker y… ¿adivinan? Harley Quinn. Hace un año todo giraba en torno a Batman. Ahora solo parece existir el personaje que tan divinamente ha encarnado Margot Robbie y no me cabe la menor duda de que en breve solo existirá Wonder Woman (ya es quien más destaca en el último tráiler de La liga de la Justicia)
¿Renunciará DC a sus señas de identidad y empezará a potenciar el humor en sus películas? ¿Se centrará todo en personajes femeninos? ¿Para cuándo un Wonder Woman vs Harley Quinn?
Yo, por mi parte, como buen fan del cine de superhéroes estoy abierto a todas las posibilidades y espero disfrutar con ello. Pero el peligro de pegarse un batacazo es considerable. Wonder Woman es una interesante película que va de más a menos hasta precipitarse en la medianía. Es una película de origen, con todo lo que ello conlleva y Jenkins consigue hacer de Diana un personaje interesante. Pero, una vez presentado, ¿de verdad nos va a seguir interesando? Salvando las distancias, me viene a la mente la reciente película de los Power Rangers. Como presentación de personajes era divertida y muy correcta, y solo empezaba a aburrir con sus batallas finales. Disfruté el film, pero no me dejó con ganas de una segunda parte. Lo mismo me pasa con Wonder Woman. ¿Me interesaría una precuela donde conocer más detalles de Isla paraíso y las Amazonas? Desde luego que sí. ¿Estoy deseando ver a Wonder Woman zurrando gente? Pues no mucho, la verdad. Pese a ser de lejos de lo mejor de Batman v. Superman, esta es la segunda vez que la veo metida en fuegos de artificio. Y si nos remitimos a lo que es la acción pura y dura, dudo que tenga muchos más recursos que puedan interesarme. Wonder Woman mola. Gal Gadot mola. Pero no veo a Warner/DC capaces de saberlo aprovechar. Más cuando siguen trabajando a salto de mata.
En fin, dejemos pasar el tiempo y que sea lo que tenga que ser. Por el momento, conformémonos con disfrutar de esta Wonder Woman por momentos magnífica y por momentos desastrosa, de lo mejor de la casa, pero muy por debajo de lo que muchos andan diciendo y, desde luego, ideológicamente más débil de lo que presume ser.

sábado, 15 de julio de 2017

DÍA DE PATRIOTAS, dolorosa pero emotiva realidad

Después de El único superviviente y Marea negra, Día de patriotas es la tercera colaboración entre el actor reconvertido en director Peter Berg y Mark Wahlberg, basada, de nuevo, en un episodio real de la historia americana reciente.
Resulta curioso como las noticias que se nos antojan lejanas pueden caer fácilmente en el olvido. Seguramente todo el mundo recuerda los atentados en Boston, junto en la línea de meta de su popular maratón, pero sin duda serán solo unos pocos los que tengan conocimiento del acoso y derribo que sufrieron los terroristas hasta ser localizados y neutralizados, llegando a paralizarse todos los medios de transporte de la ciudad e indicando a los ciudadanos que permanezcan encerrados en sus casas hasta detener a los terroristas.
Aunque Tommy Saunders, el policía al que interpreta Wahlberg, es una invención resultante de unir detalles de varios agentes, todos los demás protagonistas de la historia son reales, así como muchas de las imágenes de archivo que Berg intercala con la ficción, dando una mayor sensación de realismo a la par que angustia.
Con el handycap de que la (supuesta) escena más espectacular (la del atentado) se produce al inicio del film, Berg sabe mantener la intensidad y la emoción durante las dos horas y cuarto que dura la película que, contra todo pronóstico, no se hacen nada excesivas. Para ello, Berg presenta a los protagonistas, víctimas, policías y terroristas, con breves pero firmes pinceladas, casi al estilo de las películas corales de catástrofes (ese ritmo de pelo de catástrofes ya lo tenía también en Marea negra), ayudando así a implicarse emocionalmente al espectador y sufrir tanto como los propios protagonistas.
Más allá del buen hacer de Berg y del brillante elenco reunido (junto a Wahlberg se encuentran también Kevin Bacon, John Goodman, Michelle Monaghan o J.K. Simmons), la película se nutre de ese dolor que le supone el ser un hecho real, un acto de violencia tan gratuito e injustificado y perpetrado, además, por dos tipos tan absolutamente imbéciles (insisto en el hecho de que es una historia real, de no ser así casi parecerían bufones) que provoca más miedo incluso que cuando los villanos son los clásicos asesinos fríos y calculadores.
Cierto es que en algunos momentos Berg, que ha contado también con la participación de supervivientes reales del atentado, busca provocar la sensibilidad del espectador con escenas de lágrima fácil y emoción desatada, y que el final puede atufarles a algunos de patriotismo propagandístico (aunque, si como se dice, fue así realmente, yo lo compro). Sin embargo, es justo señalar que toda esa exaltación patriótica no se realiza, por una vez, en nombre de los grandes y solidarios Estados unidos, sino que es de la unión entre los ciudadanos de Boston y su policía de lo que se presume. Y viendo cómo reaccionó Nueva York tras el 11S, no me cabe le menor duda de que fue así.
Esta es, quizá, la mejor lección que nos ofrece una película que, de otra manera, podría provocar miedo por lo indefensos que estamos ante la locura de unos pocos: que en casos de necesidad el ser humano sí es, pese a todo, solidario. Solo con ese consuelo podemos seguir siendo capaces de enfrentarnos al terror.

Valoración: Siete sobre diez

EL HOMBRE DEL CORAZÓN DE HIERRO, insulsa biografía de Heydrich

El hombre del corazón de hierro es la decepcionante nueva película del francés Cédric Jimenez, rodada en inglés y con un (desaprovechado) reparto de auténtico lujo.
Basada en el libro HHhH, de Laurent Binet, la película se supone que debería relatar la vida y muerte del tristemente célebre Reinhard Heydrich, desde su ascenso al poder (llegó a ser el tercer hombre más importante del régimen nazi) hasta su intento de homicidio en Praga. No está claro quién es el culpable de que este biopic sea un despropósito bastante grande, pero parece ser que la coincidencia en el tiempo con Operación Anthropoid, que contaba más o menos lo mismo, obligó a hacer cambios de última hora en el guion y retrasar su estreno varios meses.
Así, la película tiene dos partes bien diferenciadas, lo cual es el primer error al no lograr nunca encontrar su propio ritmo narrativo.
En la primera, Heydrich, correctamente interpretado por Jason Clarke, es el protagonista absoluto, narrándose su expulsión del ejército y como influenció en él su esposa Lina (Rosamund Pike, sin duda lo mejor del film). No creo, sin embargo, que Jimenez acierte en la puesta en escena, y la película se ve casi como un documental, sin la pasión necesaria para alcanzar a conocer al hombre que había detrás de la leyenda y dando la sensación que se desaprovecha mucho la presencia de Pike. Dicen que detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer y aquí se parece intuir que después de todo horrible hombre hay también una horrible mujer, pero, como digo, solo se intuye.
De repente, la película sufre un brusco corte y salta seis meses atrás en el tiempo para olvidarse de Jason Clarke y presentarnos a unos nuevos protagonistas, Jack O’Conell y Jack Reynor, que dan vida a Kubis y Gabcik, los dos paracaidistas enviados para acabar con la vida del Carnicero de Praga. Aquí es cuando la película es una mera fotocopia de Operación Anthropoid, y si bien aquella no era tampoco una maravilla, sí explica más a conciencia los hechos sucedidos. Es en esta segunda parte donde tiene acto de presencia Mia Wasikowska, otra gran actriz desaprovechada.
Aunque siempre he sido partidario de comentar la película que he visto y no la que me habría gustado ver, no me cabe la menor duda que quitar por una hora el foco de Heydrich es un tremendo error, cuando lo que tendría que haber hecho Jimenez, en lugar de pretender competir con la película que se estaba haciendo en paralelo, es tratar de complementarla. La historia de Heyndrich por sí sola se me antoja apasionante, y no creo que esta película me descubra nada nuevo sobre su figura, aparte de las muchas inexactitudes históricas que dicen que hay.
La película, en fin, es irregular y simplona, sin alma y por momentos incluso aburrida. Y eso, tratándose de un retrato tan apasionante como aterrador sobre uno de los hombres más crueles del Tercer Reich, es mucho decir. Al final, solo aporta algo de interés a aquellos que no hayan visto Operación Anthropoid y desconozcan la historia del asesinato del oficial nazi y sus devastadoras consecuencias.

Valoración: Cuatro sobre diez.

viernes, 14 de julio de 2017

CARS 3, más de lo mismo, pero un poco mejor.

Aunque en 2006 Cars fue un buen éxito de taquilla (y sobre todo un gigantesco bombazo de merchandising), es una de las películas peor valoradas de Pixar, aunque una joya en comparación a esa horrible secuela de 2011.
Es bien sabido que el secreto de una buena continuación es saber hacer un cambio de estilo, en lugar de limitarse a repetir el esquema de la primera película. Sin embargo, y pese a contar con el gran John Lasseter en tareas de guion y dirección, esa Cars 2 pretendió hacer un giro demasiado drástico, cambiando incluso al protagonista (ahí todo recaía en el irritante Mate) y derivando hacia una comedia de espionaje sin demasiado sentido. Incluso la desaparición del personaje de Doc Hudson se hizo sin demasiado acierto.
Con el cambio en la silla de director (le ha tocado la papeleta al debutante Brian Fee), la saga ha intentado regresar a los orígenes, tratando, además, de hacer evolucionar a su protagonista, Rayo McQueen, consiguiendo una película más fresca y divertida que Cars 2.
El tiempo pasa para todos, y ni siquiera McQueen es indiferente a ello. Ha aparecido una nueva generación de coches, más jóvenes y veloces, y los tiempos de gloria del famoso N.º 95 parecen llegar a su fin. Y más después de un terrible accidente que ofrece cierto paralelismo con el final de la carrera de su mentor, Doc Hudson.
El tráiler, donde se destacaba precisamente ese accidente que traumatizó a miles de niños, parecía presagiar una película más oscura y dramática, pero nada de eso. Cars 3 es la clásica película de superación y de aceptación del cambio natural de las cosas con un punto de diversión que se había perdido en la anterior entrega y, cómo no, con muchas y emocionantes carreras.
Cars 3 no es una gran película, limitándose por momentos a repetir algunas de las ideas que ya se encontraban en la primera película, pero al menos entretiene lo suficiente como para que su visionado no resulte cansino, transmitiendo además un mensaje (el de dejar paso a las nuevas generaciones) que no por previsible deja de ser efectivo. De hecho, durante mucho tiempo del metraje pensaba que iban a ir por otro camino que me habría parecido más erróneo.
Con McQueen como protagonista estelar (y varios cambios de diseño, lo que potenciará la venta de más juguetes y demás), la película añade nuevos personajes a la “familia” de Radiador Springs (aunque esquivan una posible subtrama de atracción sexual no resuelta que podría haber dado bastante juego) y realiza el merecido homenaje al personaje de Doc Hudson, tan injustamente maltratado en Cars 2, sirviendo, ya de paso, de homenaje póstumo a Paul Newman, quien le puso voz en 2006.
En fin, que Pixar sigue con el piloto automático puesto, pero al menos consigue mejorar un poco el nivel de sus últimas producciones, lo cual tampoco es muy complicado, ya que desde 2011 solo Del Revés se puede salvar de la quema. Poco a lo que agarrarse, cierto, pero es lo que hay.

Valoración: Seis sobre diez.

jueves, 13 de julio de 2017

LA GUERRA DEL PLANETA DE LOS SIMIOS, el cierre perfecto a la trilogía de César.

En una época en la que estamos hastiados de la falta de originalidad en los guiones de cine de Hollywood con superproducciones palomiteras carentes de sentido, es agradable saber que aún hay esperanza para aquellos que aplauden un buen guion y disfrutan de una película que, pese a pertenecer a una saga (técnicamente es la segunda secuela de una precuela), tiene una buena historia que contar, unos personajes interesantes y un director que presta más atención al fondo que a las formas, consiguiendo una epopeya espectacular pero en la que no todo son fuegos de artificios.
Probablemente, La guerra del Planeta de los Simios no sea perfecta, aunque, más allá de los gustos de cada cual, solo se me ocurre una pega lo suficientemente remarcable, por lo que voy a empezar por ahí y así me lo quito ya de encima. La guerra del Planeta de los Simios da prácticamente todo lo que promete excepto una cosa. Cierra lo que podríamos llamar “la trilogía de César”, y lo hace de manera magnífica (recordemos que el personaje de César no aparecía en la película original de 1968, aunque sí en alguna de sus secuelas), pero no es el enlace perfecto entre ambas sagas. No es que me esperase que el final de La guerra del Planeta de los Simios empalmara directamente con El Planeta de los Simios, tal y como Rogue One hace con Star Wars: una nueva esperanza, pero sí creo que quedan cosas por contar sobre el derrumbe de la civilización hasta llegar al punto ofrecido en el film de Franklin J. Schaffner, lo cual me hace sospechar si no es que Fox se habrá querido dejar una puerta entreabierta por si el éxito de taquilla es tan monstruoso que no pueden resistirse a hacer otra película intermedia más (en tal caso, yo sería más proclive a realizar directamente un remake del film protagonizado por Charlton Heston, puliendo algunos matices de la historia). Eso el tiempo lo dirá.
Si hay, eso no lo niego, innumerables referencias a ese futuro que está por llegar.
Dejando ese pequeño detalle de lado, las conclusiones hacia la película no pueden ser más positivas. Ya las dos películas anteriores mostraban un nivel de madurez y calidad impropias de un blockbuster del siglo XXI, y aquí Matt Reeves logra lo imposible superándose a sí mismo (y con El amanecer del Planeta de los Simios se había puesto el listón muy alto). Ya el simple planteamiento de la película parece peligroso: la guerra entre humanos y simios podría haber sido un pastiche de escenas confusas y explosiones por doquier que malograran todo lo conseguido en las dos películas anteriores, siendo muy tentadora la herencia dejada en películas de batallas apocalípticas como El hombre de acero, Batman v. Superman o cualquiera de los Transformers de turno (miedo me da la que está por llegar). Pero Reeves juega en otra liga (ya veremos que pasará cuando se enfrente a su The Batman), y ha dejado que las escenas realmente bélicas sean mínimas y muy bien controladas. Apenas son dos: la que corresponde al arranque del film y el esperado clímax final.
Eso no significa, no obstante, que el resto de la película no esté cargado de acción y espectacularidad. Lo que sucede es que Reeves sigue haciendo evolucionar a César, el protagonista absoluto de la trilogía, y prefiere detenerse en aquellas cosas que forjan su personalidad más que en el decorado que lo rodea. Eso hace que la película asuma riesgos muy meritorios, siendo una película oscura, cargada de drama y desesperación, con apabullantes metáforas que recuerdan, de manera más o menos sutil, a episodios del Holocausto nazi, a los enfrentamientos de guerrillas de Vietnam, a la marcha de refugiados en busca de un hogar o, incluso, al muro fronterizo de Trump.
Con un Andy Serkis excelso, Woody Harrelson es el contrapunto perfecto al líder de los simios. Aunque sin llegar a hacer nunca sombra al auténtico protagonista de la saga, Harrelson compone un villano imponente que, aunque lo roza, no llega a caer nunca en la caricatura. Además, su particular versión del coronel Walter E. Kurtz, aun siendo irracional y cargada de odio, tiene un trasfondo capaz incluso de justificarlo. De nuevo, y aquí sus líderes ejemplarizan la situación, no se trata de buenos contra malos (ninguna guerra es tan sencilla de simplificar) y todos tienen sus claroscuros, incluyendo al propio César que, cegado por su propia historia de venganza, se deja llevar también por la irracionalidad.
De hecho, ese es uno de los elementos que más me gustó el film. Viendo algún tráiler previo (los mínimos posibles, eso sí; el tráiler final prácticamente te revienta la película entera), me temía que la cosa tuviera un tufillo a moralina barata al estilo “Homo homini lupus”, dejando a los monetes como pobres víctimas. Para nada. Nadie olvida que en la segunda entrega la paz habría sido posible de no ser por la intervención de Koba, un simio, y ahora es una lucha por la supervivencia, en una espiral de locura y autodestrucción difícil de frenar. Y muestra de ello es que, de una manera u otra, haya humanos en el bando de los simios y simios en el bando de los humanos.
Ya he recalcado que esta película es dura y sin demasiadas concesiones. Hay en ella traición, sangre y muerte, pero Reeves ha sido lo suficientemente hábil como para poner unas gotas de humor que liberan mucha tensión sin que llegue a molestar. De nuevo, roza los límites, pero no los cruza. Y es que ese nuevo personaje que es Bad Ape, que parece una mezcla entre la mona Chita y el Gollum de El Señor de los Anillos, es como el payaso triste de un circo. Hace reír, pero a la vez desborda lástima y desesperación.
Para terminar de redondearlo, Michael Giacchino y Michael Seresin componen, respectivamente, una banda sonora y una fotografía magistrales. La música, de nuevo a medio camino entre la épica y el humor, es perfecta y las imágenes tienen una belleza a la altura de lo que ya consiguió el propio Seresin en El amanecer del Planeta de los Simios.
Es esta una película realizada con sumo cuidado, no un simple ejercicio sin más pretensión que la de sacar dinero. Y eso se nota. No he hablado de los efectos digitales porque, a habidas cuentas de la perfección lograda en la anterior película lo haría casi redundante. Todo está hecho con el máximo esmero y cariño, y eso siempre termina por decantar el nivel de calidad de una película.
La guerra del Planeta de los Simios es un blockbuster veraniego, sí, un entretenimiento palomitero que hará disfrutar a los que busquen grandes dosis de acción y espectacularidad; pero también es un talentoso ejercicio que invita a la reflexión, con personajes bien desarrollados y tramas que siempre avanzan en alguna dirección, lejos de ser simples vehículos para el lucimiento de la acción.

Valoración: Nueve sobre diez.

martes, 11 de julio de 2017

ESTIU. 1993. Retrato de una pérdida.

En el verano del 93 la cortometrajista Carla Simón perdió a su madre. Ahora, casi veinticinco años después, la directora debuta en el terreno del largometraje con una película con tintes autobiográficos que explora esa sensación de pérdida y ese dolor que sufrió siendo niña.
Estiu. 1993 está siendo toda una sensación, cosechando grandes críticas y deslumbrando allá por donde va, siendo uno de los debuts más poderosos que se recuerdan (aunque lo cierto es que llevamos una temporada de debuts prometedores en España, baste recordar los casos de Tarde para la ira o Pieles).
No voy a negar el poderío visual de la película de Simón, como sabe jugar con los silencios y los paisajes para transmitir la tristeza y el aislamiento de la niña protagonista, condenada a vivir en una casa en plena montaña con sus tíos y su prima pequeña tras su dura pérdida. Frida debe conseguir aceptar una situación que la supera en un mundo al que no pertenece, y esa es la gran baza de la historia que pretende transmitir Simón.
Sin embargo, no ha conseguido Simón seducirme como a la mayoría del público. Habiéndola visto en su formato original (en catalán), era un verdadero esfuerzo entender a veces la voz de la protagonista (una Laia Artigas que basa todo su valor interpretativo en la fuerza de su melancólica mirada), y aun reconociendo como propias muchas de las situaciones vividas por los personajes (por aquella época yo también vagaba por el bosque, me bañaba en ríos y disfrutaba -es un decir- de las fiestas mayores de pueblo) no he conseguido sumergirme lo suficiente en la historia como para sentirme maravillado.
Sí, Simón refleja muy bien la soledad de Frida. ¿Y qué? Películas sobre la pérdida y la soledad hay muchas, y esta no me ha logrado transmitir nada que no haya sentido antes. Si acaso, aburrimiento. En su interés por condensar todo sobre el personaje de la pequeña huérfana, no hay una trama que envuelva con suficiente interés el resto de la película, y ni siquiera cuando hay algo que trata de sacudir al público (la desaparición de la prima) es suficiente como para recuperar el interés.
No cabe la menor duda de que Estiu. 1993 exige un punto de colaboración por parte del espectador. Es de esas películas en las que es necesario “entrar” en su historia, empatizando con los protagonistas. Y eso es algo que yo nunca conseguí, sin terminar de comprender siquiera las posiciones, algo irregulares, de los “nuevos padres”.
No es una mala película, no pretendo decir eso, pero no es, al menos, mi película. Y de verdad que lo siento. Esta es la historia (y los fantasmas) de Carla Simón. No la mía.

Valoración: Cuatro sobre diez.

MAUDIE, dando color a la triste realidad

Maud Lewis fue una pintora canadiense que, pese a padecer artrosis reumatoide desde niña logró desarrollar una brillante carrera artística y convertirse en una artista de renombre, pese a no abandonar nunca su pequeño pueblecito pesquero ni codearse con la alta sociedad. La casa que Maudie compartía con su huraño marido se convirtió en una especie de tienda-museo y la gente hacía verdaderas peregrinaciones para ir a comprar sus cuadros, que llegaron a entusiasmar al mismísimo Nixon.
Esta es la historia de Maudie, el biopic que ha firmado Aisling Walsh con Sally Hawkins y Ethan Hawke como estrellas absolutas. En Maudie, Walsh explica como la joven enferma comenzó a pintar y logró ser conocida desde el más absoluto anonimato, pero no es esa la cualidad que más identifica a la artista, y así lo refleja la película. Maudie era, ante todo, una mujer alegre y, pese a sus limitaciones, tremendamente feliz. Maltratada por la vida (y en ocasiones incluso por su propio marido), Maudie nunca perdía su sonrisa, y esa mirada optimista de la vida se refleja en sus pinturas, paisajes coloridos y hermosos extraídos de su propia imaginación donde no existían siquiera las sombras.
La historia de Maudie es lo opuesto a un cuento de hadas, pero sus cuadros eran un reflejo de su espíritu, un espíritu que, pese a todo, terminó por contagiar a los que la rodeaban. Walsh consigue mostrar todo esto en la película, dotándola de una hermosa textura con planos que, en ocasiones, parecen lienzos mismos, consiguiendo componer arte que habla sobre arte.
Más allá de la simple biografía reveladora, Maudie es una historia de sobre dos personas rotas, dos pájaros heridos que, contra todo pronóstico, consiguen complementarse el uno con él otro y fruto de su compañía y comprensión logran que surja de ellos algo hermoso. Tan hermoso como esos cuadros con los que Maudie conseguía dar color a un mundo marrón y sucio.
Maudie es una gran historia de amor y comprensión, pero es, ante todo, una historia sobre la vida, sobre el sentido de la misma y sobre el color que pueda llegar a tener. Un color que no siempre se debe buscar a nuestro alrededor, sino que puede brotar del propio interior.
Un color como el que nacía en el interior de esta artista que fue Maud Lewis y que tan hermosamente ha logrado ilustrar Aisling Walsh.

Valoración: Siete sobre diez.

lunes, 10 de julio de 2017

COLOSSAL, tan intimista como destructiva.

Confieso que tengo una extraña relación de amor-odio con el guionista y director Nacho Vigalondo.
Lo descubrí por primera vez cuando entré a una sala de cine a ver Los Cronocrímenes sin tener ni idea de lo que me podía encontrar y salí sumamente apasionado. 
Eso provocó quizá un desmedido hype que se truncó en decepción con la insuficiente Extraterrestre, y aunque la apuesta visual de Open Windows me pareció interesante no logró despertar suficiente interés en mi como para recuperar mi fe por el director cántabro.
Tras un considerable retraso en su estreno español (y siendo una de las que se me escapó en el pasado festival de Sitges), tenía cierto temor ante su nuevo estreno, el más internacional hasta la fecha. Con unas críticas dispares allá por donde ha sido vista, Colossal atufaba a ser una nueva vuelta de tuerca al truco de Extraterrestre, es decir, una peli de personajes hablando donde la invasión de turno no fuese más que una excusa, un pobre mcguffin para arrancar la acción y atraer al público.
Pero no, esta vez Vigalongo ha cumplido y ha mostrado lo que prometía, una película de monstruos donde se pueden ver perfectamente a un kiaju y un mecha dándose de tortas y destruyendo parte de Seúl. Y lo hace, además, maravillosamente bien.
No quiere decir esto que estemos ante una revisión de Pacific Rin, Dios nos libre. El cine de Villalongo se nutre del fantástico como el gran amante el frikismo comiquero y literario que es, pero estos coqueteos con la ciencia ficción son simples movimientos para hablar de cosas más profundas y reales, no estando él interesado en películas vacías de simples efectos digitales y absurdas destrucciones gratuitas.
Por eso, y dejando claro que Colossal contiene seres colosales que molan y que tanto se echaban en falta en Extraterrestre, su película va en realidad de los problemas que tiene una chica americana para poner en orden su caótica vida, condenada en una espiral autodestructiva de noches de alcohol y auto condescendencia.
Gloria podría tenerlo todo en la vida. Es joven y guapa, buena escritora y con un novio bien apuesto que cuida de ella. Pero algo la obliga a repetir una y otra vez los mismos errores hasta terminar atrapada en un bucle del que no parece haber escapatoria. Por ello, en busca de un nuevo comienzo, decide regresar a su pueblo natal, un punto perdido en el mapa en la América profunda donde se reencontrará con Oscar, un amigo del colegio tan atrapado en sus propias miserias como ella misma.
Colossal, aparte de tener elementos fantásticos, funciona muy bien a ritmo de comedia. No en vano el protagonista masculino es Jason Sudeikis, especializado en el género con títulos como Somos los Miller o De-mentes criminales, y tampoco les es ajeno el género a Anne Hathaway y Dan Stevens. 
Sin embargo, tras una aventura divertida y emocionante se oculta el drama de unos personajes rotos, de seres perseguidos por sus propios errores incapaces de ponerles fin incluso sabiendo perfectamente cuál es el problema (y el alcohol es tan solo uno de ellos).
Con un genial reflejo de la sociedad americana del interior, Vigalondo se siente como pez en el agua en su aventura yanqui consiguiendo aunar la cotidianidad de cuatro amigos charlando en un bar tras el cierre de este con la destrucción que se está sufriendo al otro lado del mundo. Una destrucción con la que los protagonistas tendrán mucho que ver.
Puede decirse en su contra que la excusa para unir al personaje de Hathaway con lo que está sucediendo en Seúl es algo gratuito y apenas justificado, pero es el peaje que hay que pagar en una fantasía donde el trato a los personajes y a sus sentimientos es excelente. Por eso, aunque uno pueda no llegar a identificarse nunca con ninguno de ellos, sí puede comprenderlos o compadecerlos sin problema, y eso significa, a la postre, simpatizar con sus acciones.
Colossal es una apuesta arriesgada, algo menos estrambótica de lo que podía imaginar, muy bien dirigida y con magnifica factura, que tiene en Austin Stowell y Tim Blake Nelson a dos secundarios de lujo (aunque quien posiblemente esté ante una de las mejores interpretaciones de su carrera es Hathaway) y que consigue maquillar como comedia de monstruitos japos un doloroso drama que llega a desgarrar por momentos.
Colossal es, a mi humilde parecer, la mejor película hasta la fecha de Vigalondo, y un retorno al buen camino que consigue reconciliarme con él y esperar con ganas su próximo trabajo.

Valoración: Ocho sobre diez.

LLEGA DE NOCHE, ambientación malrollera de calidad

Trey Edward Shults es un guionista y director con tan solo una película anterior en su haber, la inédita en España Krisha, adaptación de su propio cortometraje que le hizo bastante popular en el ámbito de los festivales de cine.
Con semejante bagaje, y viendo el tráiler con que nos pretenden vender Llega de noche, cabría suponer que iba a ser un realizador del montón, contratado para hacer la clásica peliculita de terror con cuatro duros y poco talento que con arrastrar a un puñado de adolescentes al cine le iba a bastar para triplicar su prepuesto y ser un pelotazo en taquilla. Nada más lejos de la realidad.
Cierto es que Llega de noche se entrega a ciertas convicciones del género, como los sustos fáciles a golpe musical, pero es en contadas ocasiones y con una excusa que desvincula estas escenas de la propia trama, casi como si fuese una imposición de la productora. Dejando eso de lado, Llega de noche es, en realidad, un duro drama de misterio ambientado en un mundo que ha cambiado y del que conviene saber lo menos posible para que sea la propia película, con su ritmo lento y angustiante, quien nos vaya sumergiendo en la historia. Baste saber con que todo se basa en una pareja y su hijo que viven en una casa aislada en medio del bosque cuya rutina se trunca con la llegada de un desconocido.
Así, aun sin que haya ninguna relación argumental, Llega de noche se podría comparar a títulos como La bruja o Déjame salir, ejemplos de películas que podrían llegar a decepcionar a quien buscara una orgia de sangre y sustos, pero que dejaban bien claras las intenciones de sus respectivos directores, más centrados en contar una buena historia, aterradora por sus consecuencias más que por sus golpes de efecto.
Llega de noche basa su fuerza, aparte de en la inquietante ambientación, en la presencia de Joel Edgerton, que parece aunar aquí dos de sus últimas interpretaciones, la del amigo amenazador y desconcertante de El regalo y la del marido entregado (matrimonio interracial también) de Loving. Edgerton tiene una fuerza en su mirada y un aura de desconcierto que consigue condensar en su figura todo el misterio que hay a su alrededor, como si él fuese la verdadera amenaza del film. ¿Y quién dice que no podría llegar a serlo? Al fin y al cabo, sustos aparte, esta es una historia de supervivencia desesperada, un relato de hasta donde es capaz de llegar un hombre por proteger a su familia, y sobre lo angustiante que puede ser alcanzar una situación límite.
Llega de noche, pese a su tramposa publicidad, es una película muy interesante, casi una pieza de cine de autor donde Shults nos regala momentos visuales muy acertados y una atmósfera realmente opresiva, no solo en el interior de la casa sino incluso cuando se sale a campo abierto.

Valoración: Siete sobre diez.

BABY DRIVER, granujas a todo ritmo

Desde siempre, la música ha sido un componente básico en el mundo del cine, antes incluso de que los actores tuviesen voz. 
Algunas películas han destacado, casi por encima de por su propia trama, por las canciones que las acompañaban (como American Graffity, Los amigos de Peter o Forrest Gump, por poner algún ejemplo) y hay directores que han hecho del arte de elegir bien sus canciones sus propias banderas. No sería de extrañar que autores como Quentin Tarantino o Peter Gunn escribiesen sus guiones comenzando por la selección musical y el genial Edgar Wright ha sido el último en subirse al carro.
En Baby driver, su última película, las canciones son parte fundamental de la trama, integradas en el argumento con más habilidad aún que en Los Guardianes de la Galaxia y su secuela y con un gusto bastante menos irregular que el del creador de Pulp Fiction. Baby driver no es un musical, desde luego, pero poco le falta. Escenas como la del protagonista tecleando un piano invisible mientras le cuentan el plan de un atraco o el plano secuencia que lo sigue por la calle cuando va a por café son dos claros ejemplos de las intenciones de Wright de conseguir una comunión perfecta entre el personaje y sus referentes melómanos, convirtiendo las canciones en algo tan básico para él como el comer.
Visualmente, Baby driver puede parecer seguir los esquemas básicos de las películas de atracos, recordando en su punto de partida a las bandas perfectamente organizadas como las de Oceans Eleven o Ahora me ves, pero mientras en aquellos casos se trataban de un grupo que termina convirtiéndose en amigos aquí está bien claro desde el principio que cada uno vuela por su cuenta, y solo la presencia de Doc (Kevin Spacey) logra a duras penas mantenerlos a raya. En un conjunto de desquiciados perdedores, ambiciosos y perturbados, Baby es un chico atrapado en un mundo que no es el suyo, arrinconado por los fantasmas de su pasado y por una serie de malas decisiones que lo perseguirán para siempre. Es tímido y reservado, casi como el Ryan Gosling de Driver (otra peli de un conductor donde la música era muy importante, aunque en las antípodas -en todos los sentidos- de esta), pero que cuando se pone al volante podría dejar en ridículo a los Torete y compañía de Fast & Furious
Y cuando conoce a Debora parece que el amor va a poder entrar en su vida y que va a conseguir escapar de lo que es ahora. Parece…
Aunque algo alejado del humor absurdo y frenético de la llamada “trilogía del cornetto”, están en Baby Driver algunas de las señas de identidad de Wright, mucho más comedido en el aspecto surrealista que en el caso de Scott Pilgrim, pero sin perder (quizá incluso incrementando) su potencia visual. Esta podría ser la mejor muestra del talento narrativo de Wright, que consigue exprimir al máximo a sus actores (sorprendente Ansel Elgort, capaz de alternar momentos de desquiciante pasividad con excesos interpretativos al ritmo de su música), y hasta Jimmy Foxx, muy desaprovechado en alguna de sus últimas películas, como Amazing Spider-man 2 o Noche de Venganza, está estupendo.
Puestos a ponerse puntillosos, quizá se podría criticar algo del recurso fácil empleado para confeccionar la escena final, pero es pecatta minuta para un film repleto de buen humor, acción desenfrenada y espectaculares escenas de persecuciones callejeras. Wright, tras el desengaño con Marvel que le llevó a abandonar Ant-man, ha tenido plena libertad para hacer “su” película, y el director ha sabido recompensar esa confianza pariendo una gran obra, un relato violento y oscuro que se disfruta con una sonrisa e invita al optimismo.
Quizá sea injusto juzgar a una película por su banda sonora (al final, no es tan complicado hacer una buena selección musical). El mérito real está en saber vincularla tan magníficamente en la acción. Y en ese aspecto, Wright ha demostrado ser un maestro.

Valoración: Ocho sobre diez.